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Ninette

05/08/2018

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Lleva sólo unas semanas aquí, pero no paran de llamar al timbre para traerle paquetes que ha pedido a través de la red. Casi todos son minúsculos: prendas de vestir, tocados, complementos que se prueba en el cuarto cuando salgo a hacer la compra, para impedirme calcular su porcentaje de aciertos.

Bebe agua, come fruta, verdura y algo de pescado. Está pensando en cambiar de peinado y no le digo que así está bien porque mañana ya se habría cortado el pelo, teñido y desaliñado un poco. Desde que confesé lo mucho que me ponían sus vestidos estampados, sólo utiliza pantalocitos y canisetas lisas; y cuando advertí que me flipaban sus medias, comenzó a usar calcetines en pleno verano. Así que, ahora, sólo le digo que me gusta lo que me desagrada y, para el resto, mantengo el pico cerrado.

Le prometí que la primera película que veríamos juntos sería la que lleva su nombre. Hubiera preferido la del sesenta y seis, pero la juventud demanda color y hubo que apechugar con el aburrimiento del antepenúltimo Garci deslandado. El sopor le saca los jugos de actriz, tintándole un barniz de descaro en la mirada, como si mordiera el mundo sin hincarle los dientes, a pequeños vistazos. Me quedé traspuesto y, al volver en mi, no supe si había visto la película entera o la había parado antes de tiempo. Sólo recuerdo que me di la vuelta y me entretuve en verla bailar su canción favorita de Francisca Valenzuela. Saqué de la nevera la reserva de té frío y me fui quitando la ropa, aguardando a que sus uñas surcaran de nuevo las líneas de Nazca en mi espinazo. Sufrí un poco, tal vez demasiado.

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