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subnormat Fernando

18/10/2016

 

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Fernando es un chaval enrollado, de los de ahora. Bueno, no es exactamente un chaval, ya hace tiempo que traspasó la veintena, pero el espíritu es lo que importa y él es muy espiritual, carga una mochila con motivos vegetales y habla mucho de empatía.

Hace unos meses comenzó sus prácticas de empresa en una oficina y el responsable le ha llamado varias veces la atención, no por permanecer de brazos cruzados, sino por ponerse a mirar los vídeos graciosos del Youtube, pasándoselos por los morros a sus compis, entorpeciendo el discurrir productivo de la jornada laboral. La falta no sorprende demasiado a sus profes del instituto, las pocas veces que asiste a sus clases han tenido que llamarle la atención por matar el tiempo con el ojo pegado a la pantallita. Lo que sí les sorprende un poco es que no responda a sus llamadas y mensajes de correo. Cuando un día se lo cruzan por el pasillo, Fernando descorre la cremallera de la mochila y, de entre un revoltillo indescifrable de bultos, extrae una papel manchado y arrugado con los informes de la empresa que entrega a su tutor sin mediar palabra, confiando plenamente en sus empáticas competencias.

Pasan los días y no se sabe más de él. Siguen quejándose desde la empresa, pero ya falta poco para que terminen las prácticas y el tutor del instituto hace todo lo posible para poder finiquitarlas sin que le echen. Le escribe, le llama. Silencio.

Una tarde, al pasar lista, una alumna cuenta que la otra mañana coincidió con Fernando en el bus, que el fulano ha dejado el instituto porque le han pillado de reponedor en el Día. Falta apenas un mes para terminar el curso, no se le echaría excesivamente en falta, pero al cabo de otra semana, otro alumno entrega al sufrido tutor un estuche de gafas de sol. Asegura que Fernando se lo dejó olvidados en clase, y el hombre debe convertirse ahora en fiel celador de objetos extraviados.

Telefonea y escribe al alumno desaparecido por diversas vías con el fin de informarle del hallazgo, recordarle que tiene documentación pendiente de firma y para saber si es cierto que ha abandonado los estudios. Pero la empatía y capacidad comunicativa del muchacho parecen haberse esfumado. Tanto es así que el tutor duda ya de que esas gafas de sol pertenezcan al alumno, pues éste sabe, como anuncian un puñado de notorios carteles y los correos recordatorios, que a final de curso se reciclan todos los objetos extraviados que los alumnos no se hayan preocupado de pasar a recoger por el aula de profesores.

Discurre el verano, pasan cinco meses y, al fin, una madrugada, el tutor recibe un mensaje de correo electrónico de Fernando. En él no menciona en ningún momento por qué dejó de asistir a las clases sin informar a los profesores y dejando colgados a sus compañeros, que tuvieron que apechugar con su parte para poder culminar sus trabajos en grupo. No cuenta tampoco si sigue de reponedor o ha cambiado de empleo. Explica, simplemente, que un ex-compañero de clase le ha recordado que se había dejado olvidadas unas gafas solares y pregunta, directamente, cuándo puede pasar a recogerlas.

El tutor, azorado, le recuerda lo que rezaban los carteles y mensajes que le envió. No obstante, por si hubiera modo de recuperar las lentes, le pregunta cómo eran: marca, modelo… Fernando responde que no se acuerda, pero que allí deben estar, puesto que eran suyas. Puede que Fernando esté por debajo de la norma.

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