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simpatía

20/09/2016

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Anoche dejé escapar once mil poemas, o tal vez los enterré en un hoyo, como los perros. Once mil casas y mundos que podrías haber habitado, pero que hundí con las uñas rotas en un terrón secreto, carente hoy de espacio y de tiempo. Ya ves, los primeros que caen son los tambores y el corneta, esta guerra se queda sin banda sonora y los pájaros prefieren meterse a lagartos o a peces, eludiendo los amplios horizontes y las ramas altas en las que los cocos maduran pacientemente su ineludible suicidio. Nunca tuve once mil vírgenes, ni once mil vergas para desvirgarlas, pero sí esos once mil poemas que orbitaban tu cintura, como esos aros que hacen girar las muchachas antes de que empiecen los partidos de fútbol americano. Los fui enterrando, uno por uno, con mis propias manos, que no tardaron demasiado en sangrar y en irse quedando en los huesos. Sólo a los perros les apetecen ya mis manos, quieren llevárselas a la boca y tal vez enterrarlas en algún triste agujero, allá, en las afueras. Confundidas, pensarán que son semillas y aguardarán en vano, bajo el peso axial de las estaciones, a que crezca desde su corazón de tuétano ajado un monstruo de carne, un árbol fabuloso. Tardarán mucho tiempo en darse cuenta, pero algún día terminarán por comprender que de ellas ya no puede brotar ninguna flor de piel, ninguna caricia. Seguirán pudriéndose, entre lombrices y escarabajos, y no habrás de recibir de ellas ningún otro regalo. Pero ni siquiera esto será capaz de borrar de tu rostro esa sonrisa.

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