Skip to content

papa don’t preach

10/09/2016

testigo

La plaza del pueblo era el lugar ideal para detenerse entre los juegos, a primera hora de la tarde, mientras los adultos se daban a la sobremesa o, más atinadamente, a la siesta. La fronda de los árboles y, ante todo, la rústica iglesia, procuraban la sombra necesaria para reponerse. El cura vivía en la casa de al lado y, de tarde en tarde, le arrebatábamos una de las dos alpargatas que dejaba ventilándose en la repisa de la ventana más baja y la tirábamos a la alberca, justo antes de levantar la piedra que cortaba el paso del riego en dirección a los huertos. Hurtarle las dos hubiera sido menos refinado y absurdo.

A finales del verano del ochenta y dos pasábamos en aquella plaza de piedra nuestros buenos ratos y, si arreciaba la vejiga, no era cuestión de remontar medio quilómetro para desaguar en casa o animarse a echar un meo en plena plaza, así que nos escurríamos detrás del portalón de la entrada principal de la iglesia y allí vertíamos nuestro oro cándido.

Al soltar mis esmerados chorritos, miraba frente a frente al Santo Papa, que me saludaba ufano y afabilísimo desde el cartel que anunciaba su inminente llegada a España. Áureos fluidos vertía a sus pies. Por eso, anoche, cuando me regalaron esta banderita, busqué al trote el santuario más cercano. Pero, sin el polaco, el desahogo no es ya el mismo.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: