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del folletín al folleteo

03/09/2016

horror

Mi primo volvía a casa acomplejado durante los permisos militares porque, en el cuartel, no tenía demasiadas opciones de alegrase el ojo sicalíptico e, inexorablemente, acababa regresando a sus manos un tebeo de tías en pelotas con el que se encerraba en el retrete a desahogar la libido. ¿Te das cuenta? ¡Me la pelo con un dibujo!

Claro que me daba cuenta, aunque hubiese nacido en la siguiente década, no era lo suficientemente mayor para meterme en las recién instauradas salas X, ni había enchufado aún el primer vídeo. Así que debía seguir tirando de revistas y tebeos; las primeras las ibas pillando por ahí, de sustrato, sustracción o rebote, y los segundos los conseguíamos en los tendejones de venta e intercambio de segunda mano, puro papel mojado.

En aquellas historietas, los viejos argumentos de novelón habían ido transmutando el componente escatológico desde lo platónico a lo venéreo. Los personajes seguían siendo en buena parte los mismos: viejos verdes adúlteros, mujeres engañadas y maltratadas, huerfanitas víctimas de estupro y del incesto… Pero la calderilla moralista y sentimental había cedido el paso al fornicio de desparrame y empalamiento.

El dibujo acostumbraba a ser manido y feo y, cuando se inmiscuía en lo terrorífico y criminal, daba pie a la irrupción de lo deforme, Víctor Hugo con medio kilo de carne en barra y un melonar bailando entre mazmorras. Aquello que en España sólo alcanzábamos a consumir a través de las viñetas, en Italia y, sobre todo, en el gran México, se suministraba regularmente a través de la gran pantalla…

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