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cardenalicia

01/09/2016

brandy

Se habla mucho de la luna, pero nadie la huele. Yo, sin embargo, anoche, llegué a olerla como a una fruta madura que del cielo se descuelga para traerme los aromas calientes de tu pelo. La luna es una fruta que no se muerde, pero tú estás hecha de carne y de silencio, y morderte es arrancarte una palabra, un ligero gemido que atraviesa la tiniebla y la distancia para decirme que respiras un aire parecido al que me falta. Mi soledad es fiel y persistente, no me abandona entre el bullicio de la gente, sabe de mí más que el doctor y la familia, sólo flaquea frente al gato y se desvanece ante tu risa. El Cardenal me citó con la noche aún abierta, la llama del mechero incendió los vapores de la copa y sorbí lentamente el brandy manso, pensando que tal vez fuera tu boca la que susurra estas líneas a mi oído, la que dota discreta de sentido a este raro párrafo sin gloria, pájaro desplomado en su delirio que cree volar y arde contra el suelo. No precisa consuelo, sólo un dardo que le atraviese de lleno la cabeza, suprimiendo la conciencia de un latido que confunde este bar con una iglesia.

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