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los bajos de Niemeyer

31/08/2016

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Aseguraba ser portugués, como Mourinho, pero cualquiera que hubiera mantenido un mínimo contacto con las notables gentes de Brasil reconocía enseguida el acento y determinadas expresiones propias de ultramar. También afirmaba apellidarse Niemeyer y eso era lo que mayor hilaridad despertaba a sus espaldas, porque uno se figuraba al arquitecto dándose cabezazos contra la pared después de visitar su barrial guarida.

Había alquilado uno de los bajos esquineros del edificio –el otro lo ocupaba una autoescuela de rimbombante nombre galáctico- cuyas ventanas –exceptuando las lánguidas troneras de la cocina y el baño- daban enteramente a la calle, pasándose el verano con las persianas bajadas. Se supone que estudiaba empresariales en una escuela superior del centro barcelonés y apenas se le veía el pelo entre semana, pero los viernes y los sábados frecuentaba los bares y lo más parecido a una discoteca que abría sus puertas en este pueblo ancho. Si ligaba, permanecíamos al acecho, aguardando el espectáculo y, tras una jocunda espera, nos llegaban los nítidos gemidos, gritos y bufidos a través de las persianas.

Al principio, la cadencia melosa y aguda de aquellos jadeos nos hizo pensar en lo mucho que debía de estar disfrutando aquella estudiante de filología germánica pero, al cabo de un par de fines de semana, nos dimos cuenta de que, entrara quién entrara con él en el edificio, la sonoridad era siempre la misma. Era él quién llevaba la voz cantante al más puro estilo melifluo de Caetano Veloso.

Desde entonces, si el resto acabábamos la noche en dique seco –incluso cuando alguno se ganaba el cariño de alguna muchacha pasada de vueltas-, nos escondíamos entre los coches aparcados o detrás del árbol más cercano para disfrutar del concierto, sin que fuéramos capaces de diferenciar su voz de la de sus diferentes amantes. Ninguna repetía y, quizás por ello, no hubo manera de sonsacar las estrategias de enganche de aquel extraño elemento. Nos reímos mucho, desde luego, pero, visto el asunto desde la distancia, me doy perfecta cuenta de que, en realidad, debimos de ser nosotros los burlados, puesto que no fueron pocas las veladas en que pergeñamos por nuestra cuenta la pertinente celada para que su estrategia de seducción saliera airosa, con el único fin de escuchar su flácida pirotecnia desde la acera. Si alguna vez sospechó algo, nunca lo dijo.

Un martes, pasada la semana santa, nos dimos cuenta de que había abandonado aquellos bajos. Alguien se enteró que llevaba debidos varios meses de alquiler. ¿Volvió a su país? ¿A quién le importa ya saberlo?

 

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