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terrorismo preadolescente

30/08/2016

juangachange

Le detestaba profundamente, las portadas de sus discos con el pelo mojado eran una incitación al estrangulamiento y, para avivar más el fuego de mi animosidad, su vocecilla gallinácea se apoderaba de las fiestas de aniversario de primas y amigas, convirtiendo en baba molleja lo que debería haber sido locura y desenfreno. Merecía un escarmiento.

Mi hermano y yo lo diseñamos a conciencia, era un plan sencillo y, por lo tanto, infalible. Cuando se acercara a la emisora de radio de nuestra ciudad para promocionar el próximo disco, le estaríamos esperando. Nos haríamos pasar por sus fans. Nos acercaríamos a él pertrechados únicamente con un bloc y un bolígrafo, gritando: ¡Luis Miguel, una autógrafo! ¡Luis Miguel, un autógrafo! Y, el primero que consiguiera tenerlo frente a frente le arrearía con la libreta en el hocico y le hundiría el boli en las pelotas. Sabíamos que no le dolería demasiado, se veía bien a las claras que se metía relleno en los calzoncillos para las actuaciones.

El plan era perfecto, sí, pero nunca se dignó a conceder entrevista alguna a los locutores de la radio de la ciudad y esta inquina ha ido engordando densamente con los años, alimentada por la adiposa flacidez con que destroza los boleros. Por eso ayer encontré muy justa esta propuesta de cambalache divino y le recé a la Lupita para que haga entrar en razón a su hijito, palabra de honor.

 

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