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murió hace quince años

30/08/2016

Rabal15

A las aladas almas de las rosas de un almendro de Águilas pudimos requerir su presencia durante algún tiempo. Luego, sus cenizas fueron trasladadas al cementerio, donde reposan cuando se cumplen quince años de su partida. Sucedió un veintinueve de agosto, volvía de recibir el Gran Premio Especial de las Américas en el Festival de Montreal, empezó a faltarle el aire y el avión tuvo que desviarse y aterrizar en el aeropuerto de Burdeos, ciudad donde había pasado sus últimos años Francisco de Goya, cuyo ocaso él había sabido interpretar magistralmente sólo un par de años antes.

El tabaco y la bohemia habían malogrado sus pulmones y su aliento se extinguió en aquella ciudad francesa, sin darle tiempo a regresar a casa. Francisco Rabal es, para mí, el mejor actor que ha habitado la pantalla, el que más verdad, emoción y ternura me ha trasmitido. Su indeleble humanidad sigue aún alumbrando las sendas de ese arte de quimeras invencibles y vuelvo a él cada pocos días. Su ambición y voracidad, parejas al tesón por agrandar su formidable talento, nos han legado una filmografía vivaz, heterogénea, exuberante, que se amplia y consolida en una retahíla de prodigiosas encarnaciones televisivas.

Ayer, para aminorar el pesar de su larga ausencia, volví a verle metido en las carnes de Alejandro del Castillo, ese viejo actor que malvive ejerciendo de figurante y que, en un guiño impagable, se tropieza en un rodaje con Fernán Gómez, que le ignora por completo –manifiestos fueron su camaradería y respeto dentro de la profesión. Un pobre cómico menor al que la mentira de un uniforme con galones le brinda una vida de amor y mundanas regalías. De nuevo avivó en mí la risa, la emoción, el rutilante pensamiento. Amarga es la pubertad de este vacío que no cesa.

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