Skip to content

sola queda Catalina

29/08/2016

126433

En ese país de supuestos machos al sol, Juan Gabriel era rey, reina, emperador y patria, hijo del pueblo para el pueblo. En una tierra en la que resulta imposible discriminar la vida de los sones, él era puramente la música, sobre todo tras la partida de José Alfredo Jiménez, único artista capaz de equiparársele en magnitud, talento y magnetismo a lo largo del siglo ya extinto.

Nacido en Michoacán, un periplo de locos le empujaría a criarse en la ciudad más diezmada y martirizada por la turbia podredumbre de la corrupción y el narcotráfico, donde la alegría de su canto y su implicación social le han convertido en el más querido y respetado por sus ciudadanos. Dueño de un talento desmesurado e inefable, sus letras y melodías penetran y desenmarañan un amplio y refinado muestrario de sentimientos, desde la euforia hasta la desolación. Te pareces tanto a mí que no puedes engañarme, entonaba al principio y al final de uno de sus mayores éxitos. Ante tal clarividencia, ¿quién necesita psicólogos?

Tocó Juan Gabriel todos los palos del amor y del deseo, pero yo me regocijo en una de sus obras maestras, plenamente arraigada en la tradición del albur campirano, dedicada a una tierna doncellita llamada Catalina, a la que el cantante adiestra en el arte de la montura. Ella le deja entrar en su cueva más íntima por vez primera: Cuando me metí a la cueva yo me sentí como en mi casa, me dijo “no tengas miedo, conmigo nada te pasa”. Caramba te gusta el trote y es por el zangoloteo, una yegua a mi caballo le enseñó ese contoneo. Móntate, móntate, cógete de mi cintura, no te me asustes criatura, nada mas cógete bien.

Viudo hoy bajo a la calle, como Catalina.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: