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el pasmo

26/08/2016

Belmonte

Sostenía Juan Belmonte que el toreo es caricia suave; el toro llega a la muleta huracán y sale brisa. La película que le dedicó Juan Sebastián Bollaín, cuando estaban por cumplirse veintitrés años del suicidio del torero, funcionaba un poco al revés, empezaba como una suave corriente de aire melancólico que, poco a poco, se tornaba vendaval imparable.

Belmonte es una de esas personalidades inexplicables e inextinguibles, que emergen del pueblo llano para fascinar y sobrevolar los cráneos más privilegiados. Fue incómodo en vida y lo sigue siendo hoy, dentro y fuera de los ruedos, procurando a los que no pudieron contemplar la belleza terrorífica de sus faenas, un inconmensurable reguero de anécdotas, polémicas y aseveraciones que lo han convertido en uno de los matadores más presentes en el arte, la música y la literatura de la España reciente.

El parar, templar y mandar desconcertó a los taurófilos de su tiempo, tensando el arco del suspense hasta la exasperación, de modo que Luis Bollaín, padre del realizador de la película y uno de los máximos partidarios del diestro, llegó a afirmar que, de haber vivido Goya en el siglo XX, hubiera completado su Tauromaquia con Belmonte, pero no dibujándole a él toreando, sino dejando plasmadas en su obra las caras de terror de las gentes viendo torear a Belmonte. El toro es la bestia y Belmonte bailaba con ella sin moverse del sitio.

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