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el hombre que mira

23/08/2016

amnatvamp

Ingrid Pitt siempre ha sido para mi una cita ineludible y, aunque se la suela recordar metida en la piel de Elisabeth Bathory, me vuelve siempre a la memoria dotando de cínica existencia a la hipnótica Mircalla Karnstein. Leí el clásico de Le Fanu en una edición catalana que un amigo descuidado jamás devolvió a mis estantes –también extravió un ejemplar de La guarida del gusano blanco– y tuve que hacerme con una versión castellana, años más tarde.

Creo que ya había visto la versión de Vadim, que no me dio frío ni calor, de modo que, cuando llegaron a mis tiernos ojos Las amantes del vampiro, estallaron en mi mente los cohetes de la depravación. Roy Ward Baker filtraba hábilmente todos los elixires que emanan los temores nocturnos, dejaba suelto en un susurro el fantasma de la zoantropía felina e instauraba un asfixiante ambiente de encierro lésbico que reconcentraba la sangre en los vórtices del deseo. Circundaba además el relato la figura irónica y acechante de una suerte de vampiro mayor a caballo, que ejercía el rol de instigador y testigo de la desgracia que se cernía sobre las casas en las que la bella vampira lograba hacerse hueco, sorbiéndole el seso y los pechos a sus jóvenes moradoras, que languidecían en lentas sangrías de alcoba.

Ese tétrico jinete, que parece asegurar la continuidad de la saga Karnstein más allá de decapitaciones y empalamientos, desempeña la oscura labor de espectador y demiurgo, libando por los ojos lo que sus mordaces colmillos ya no le procuran con el vigor de antaño, erigiéndose en espectro del perfecto voyeur emasculado.

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