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sado vamp

21/08/2016

dracdag

Dentro de la estupenda serie de títulos que componen la saga vampírica producida por los asalariados de la Hammer, Las cicatrices de Drácula sorprende al espectador desubicado por el uso deliberado de la violencia. Roy Ward Baker gana siempre la partida por el lado de lo perverso y esta película, estrenada ya en 1970, estaba llamada a convertirse en la más sádica de todas las protagonizadas por Christopher Lee metido en el duro pellejo del iracundo aristócrata transilvano.

A pesar del acartonamiento de algunos de sus efectos especiales, uno se engancha inevitablemente a la pantalla a partir de la inefable masacre inicial, que se reafirma en el instante en que Drácula irrumpe en la alcoba armado con una daga corva y acuchilla furiosamente las entrañas de Anouska Hempel, que luego será pacientemente despedazada con hacha y serrucho por un lacayo que es azotado y chamuscado por el conde en sus momentos de ofuscación, mientras el amante fortuito de la finada agoniza traspasado por un gancho, en el muro de la cripta en la que el vampiro se refugia durante el día.

Toda esta crueldad llega acompañada de acoplamientos furtivos, taberneras que se desabrochan antes de recibir al visitante nocturno y víctimas que gimen gozosas al ser desangradas por el monstruo, hasta cerrar la cinta el sañudo ataque de un murciélago que salpica con copiosos goterones de sangre los soberbios pechos de la virginal –y, por supuesto, rubia- protagonista, justo antes de desvelar una nueva forma de destruir al vampiro: el relámpago que electrocuta y hace arder la estaca de hierro que Drácula sostiene en su mano, recibiendo, como Justine, su inopinado castigo desde el cielo.

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