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fumar de boquilla

20/08/2016

pipwecig

Hubo tiempos, breves y escasos, en que prevalecía el misterio de los intervalos de silencio y no había que ir explicándolo todo, repitiendo a cada rato las mismas palabras. Pero hoy hay quién no acaba de entender que la menta fuera maría y da por imposible que pudiera devenir además metáfora de una mamada.

Para entenderlo, es preciso rellenar el hueco en danza, advertir que –también entonces- la menta, además de beberse, se fumaba. Las cajetillas de tabaco mentolado se vendían por millones y, durante una temporada, se pusieron de moda las boquillas, de modo que hasta el más basto parroquiano del bar de medianoche se creía con derecho a desayunarse con diamantes.

En casa, ese sucedáneo del tabaco bajó de Andorra un par de veces. A los chavales sólo nos dejaban aspirar la boquilla con el cigarrillo apagado, empapándonos el paladar con un frescor desbravado incapaz de generar nuevas adicciones. Esas enclenques aspiraciones, unidas a mi natural inclinación por las marcas de peor calaña, me libraron del tabaquismo, pero me inculcaron particular predilección por las muchachas que fuman con boquilla corta.

Comprendan pues los descreídos mal informados que la menta que solicitaban las chicas del drugstore no tenía por qué ser un vaso de licor dulce y helado, sino también un pitillo con sabor a yerba, un porrito de maría u otras sustancias alegres y, como el porro se chupa, debajo del puente retumba el agua.

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