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no hagas bromas con la menta

18/08/2016

mentalin

En casa al pipermín siempre le llamábamos menta. No es que estuviera muy presente, pero un color tan vistoso lo hacía destacar entre el resto de existencias del mueble bar. Recuerdo muy especialmente una botella baja de base cuadrangular que tardó más de un año en vaciarse, pasando por santos, aniversarios, navidades y verbenas. A diferencia del resto de licores de la casa, siempre se servía con un cubito de hielo.

Menta y frescura iban unidos, así que no dudé en pillarme el EP de un grupo con ese nombre que encontré en una de las cubetas de la tienda de discos del barrio. El cantante se llamaba Toño, como el de los Burning, pero aquello era un rock and roll más ligero, sesentero y conservador, del que guardaría en la memoria la primera canción: Ya lo ves, yo sigo adelante; ya lo ves, visto como quiero; ya lo ves, voy muy elegante; ya lo ves, como donde puedo; ya lo ves, todos me han mordido sin poderme comer…

Con todo, serían precisamente los Burning los que dotarían, a mis ojos, de sensualidad y glamur aquel licor verde y transparente. Su brillo resplandecía en la oscuridad de mi mente cuando cerraba los ojos para escuchar Las chicas del drugstore: Ella se apoya en tu hombro: “Invítame a una menta”. Ella escribe poesías, ella…, ella es una estrella… Me figuraba los drugstores y discotecas repletos de muchachas sensibles pidiéndose un pipermín, pues tardé en enterarme que la proposición iba con segundas, que lo que pedía la poetisa nocturna era un porro –la hierbabuena que deseaba Peret para su despedida. De hecho, los exégetas más aguzados sostenían que lo que solicita la muchacha es entregarse a una buena mamada.

La otra tarde, después de muchos años sin probarla, pedí una menta en un bar de la orilla izquierda del ensanche. El camarero, con tanto pico como pluma, pasó entusiasmado la comanda a su compañero de la barra: ¡Ves, ves! ¡Uno de los míos! ¡Quiere un peppermint con hielo! No sé si se refería sólo al licor, pero cuando empecé a saborearlo en mi mesa, imaginé que, tal vez, algún día debería atreverme a degustarlo con hielo picado y veneno, como hacía a su pesar el molesto matrimonio de aquella lejana película de Saura. En algún lugar, Herbert West escucha a Los Canarios y el verde inunda mi fresca mirada.

 

 

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