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orgía en agosto

17/08/2016

elias

No está nada mal acercarse a la taquillera, sentada junto al tipo de seguridad, y pedirle dos entradas para la orgía. La antigua filmoteca abría sus puertas en una calle de bares de alterne, en la parte alta, la nueva está metida con calzador en pleno barrio chino y las putas te ofrecen compañía a pie de calle. Todo es un ensueño, porque esta muchacha no es exactamente una taquillera, sino una chica para todo que igual vende entradas, que da información o imprime carnets de acceso a la biblioteca; y L’orgia a la que acudo es, en realidad, la película concebida hace cuatro décadas por Francesc Bellmunt y Juanjo Puigcorbé, que no vería pantalla hasta dos años más tarde. Una comedia rompedora que expone, a pelo y desde dentro, los anhelos, complejos y barullos mentales de una generación de jóvenes actores que buscaba escapar del aparato represor desde la catarsis del sexo en grupo.

L’orgia no apela a aquel erotismo evanescente y embellecedor que había hecho estragos en el Perpignan del último Franquismo, aborda el sexo desde una base elemental y cotidiana. Resulta tan esclarecedor como estremecedor que algunas de las secuencias que más risas siguen generando en el público –las reuniones comunales de sobremesa en que se entonan coplas e himnos religiosos- pongan de relieve hasta qué punto el sistema represor ha calado en la educación de una generación que lo tendrá muy difícil para desprenderse de los miedos y prejuicios inculcados durante los años de escuela. Especialmente hilarante la escena inicial de discusión paterno-filial en la que, además de mencionarse a Pujol y Andorra, se hace mofa de los vulgares pasatiempos de la encogida clase burguesa. Unos pasatiempos que no han variado demasiado y se han traspasado, hábilmente camuflados, a toda clase media.

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