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abandono de la mirada alucinada

16/08/2016

AploDafne

Viajé hasta aquí para visitar esta exposición, pero, ¿quién puede ver nada entre semejante barullo de turistas que le quitan a uno hasta las ganas de seguir merodeando las anchuras más despejadas del museo? Enjambres terribles, con su auricular de pacotilla, celebrando los chistes que surte el caño grueso de la global ignorancia. No tardo ni una hora en dar vuelta al cercado; que me perdone Jerónimo, pero no hay aquí lugar donde emboscarse.

Dejo atrás el edificio con mis peores deseos y recuerdo que, más allá, pasado el trapo gordo de Colón, está a punto de cerrar la exposición fotográfica de Witkin. Echo a andar siguiendo estrechos senderos de sombra intermitente, tuerzo por la esquina más popular, genovesa y bancaria, hasta dar con un inmueble de varias plantas. Camuflada, como un discreto lupanar en uno de los pisos bajos, se encuentra la sala de exposiciones. Llamo al timbre y me abren. Durante el rato largo que le echo a la visita, sólo me acompaña el murmullo de las dos empleadas que conversan tras el mostrador de la entrada.

Aparentemente liberado del engorro evangélico, el neoyorquino podría ser considerado un digno heredero de algunos de los muchos ramales abiertos por aquel genio de los Países Bajos y, sin embargo, nadie parece haber reparado en la exhibición de su obra, todos pacen en El Prado, engullidos por los enormes cartelones. Nadie sabe mirar, todos perdieron los ojos en espejos y pantallas tan planos como sus encefalogramas. No le hecen falta espuelas al caballo bayo.

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