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el timbre

10/08/2016

Heredia

Cuenta Alfredo Landa en sus sabrosas memorias que José Luis Sáenz de Heredia, director de una cuarentena de largometrajes, hacía autocrítica al final de sus días, confesando haber visto ampliamente menguada la magnitud de sus proyectos debido a dos debilidades de carácter: la vagancia y la lujuria. Asumía haber perdido una ingente cantidad de tiempo haciendo prosperar sus relaciones con el género femenino merced a un mecanismo que venía resumir como “el timbre”. Cuando sonaba ese timbre del deseo, aparcaba guiones y demás planes para tratar de consumarlo, hasta el punto que, ya en la madurez, llegó a solicitarle a un médico amigo que lo castrara químicamente. Petición que fue rechazada, obligándole a continuar lidiando con tales ardores, que empezó a volcar sobre las páginas de un libreto que vagancia, lujuria y muerte le impedirían ver acabado.

Sáenz de Heredia, plegado a los rigores de la doble moral más conservadora, no menciona el asunto en sus propias memorias, tan grises y descafeinadas que ni siquiera se detienen a atender sus amoríos con Concha Velasco que, años después, pasaría a ser pareja de uno de los actores más rebeldes y contestatarios del panorama teatral español. De esa desmochada colección de recuerdos, quizá el que guarda uno con mayor agrado en la memoria sea su amistad con el actor Manolo Morán, con quien combatió contra el gobierno legítimo de la República y que nos brindaría algunas de las secuencias más hilarantes del cine español de mediados del siglo pasado.

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