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merodeador

01/08/2016

razy Stupid Love

Hace unos meses me apunté a un curso destinado a profesores de secundaria impartido en una afamada escuela de cine de por aquí. La idea era facilitar al profesorado caminos y maneras de aplicar la narrativa audiovisual en las más dispares asignaturas. Había profesores de matemáticas, artes plásticas, lengua, literatura, etc.

El ejercicio más elaborado consistía en rodar una escena aislada, cuyo guión nos proporcionaron la primera jornada. Trataba de un tipo que espía a la que era su familia hasta hacía poco tiempo. Mientras les mira a hurtadillas desde el jardín de la que había sido su casa, su esposa le telefonea desde la cocina simulando necesitar las instrucciones del ex-marido para encender el calentador de agua, que en realidad se encuentra en el sótano. Se veía bien a las claras que se trataba de una escena de comedia romántica con subtexto: los dos quisieran volver a estar juntos, pero no encuentran la manera de decírselo y, por esa razón, buscan argucias que les permitan seguir manteniendo el contacto. De hecho, cotejando el texto al cabo de un par de días, corroboré que pertenece a la comedia Crazy, Stupid, Love, protagonizada por Julianne Moore Steve Carell y Ryan Gosling.

Nos reunimos en grupos de cuatro personas para debatir cómo íbamos a encarar la planificación de la escena. En nuestro grupo éramos dos hombre y dos mujeres. Dije que, a mi entender, aquello era comedia romántica y propuse que, para darle un poco la vuelta a los tópicos domésticos, quizás sería apropiado intercambiar los roles, que el marido ocupase el lugar de la esposa y la esposa el del marido. Entonces, una de las compañeras exclamó que aquello no era comedia de ninguna de las maneras, sino terror.

– ¿Cómo?

– Es terror. Él es un merodeador, un maltratador que quiere matar a su familia.

– ¿Y entonces por qué le llama la mujer?

– Porque está aterrorizada y quiere demostrarle que todavía le necesita. Le da a él un poco de control para que se sienta satisfecho. Pero él ha venido a poner una bomba en la casa para matar a la mujer y a los hijos.

– Oye, a priori, la que está bajo techo y con los hijos es ella. ¿No sería el marido el que se encuentra en inferioridad de condiciones?

– No, es un maltratador.

– Vale, vale, no te lo discuto, hacemos la versión del maltratador. Pero, sólo por imaginar algo, supongamos que fuera la mujer la que está fuera, añorando su vida de familia, y que fuese el hombre el que siguiera viviendo en casa con los niños. ¿Quién sería a priori la víctima?

– ¡Él es un maltratador!

Evidentemente, no hubo modo de defender tales postulados frente a la pareja de actores, que no hallaban medios de meterse en roles tan demenciales. No obstante, de cuatro grupos en brega, tres propusieron situaciones en las que el hombre era un maltratador y la mujer una nulidad sin voluntad ni capacidad de reacción ni de lucha, una persona sin capacidad de defensa ni discernimiento que llamaba al macho para plegarse a su juego.

El cuarto grupo propuso una situación de comedia romántica en la que el ex-marido era un mindundi flojo y gilipollas y la mujer una emprendedora del copón que le llamaba por lastimilla. Fue esta última opción, aderezada con notables dosis de edulcorante, la que se acabó rodando.

Parece ser que, para el profesorado en general, el hombre sólo puede ser maltratador o gilipollas, y ese mensaje tan interiorizado, que emerge automáticamente sin un ápice de reflexión ni autocrítica, se vierte de manera ordinaria en el quehacer de las aulas patrias, estigmatizando el género masculino y convirtiendo a la mujer en un ser no volitivo, incapaz de rebelarse ante las imposiciones del hombre. ¿Por qué corres Tiresias?

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