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irregular

24/07/2016

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La madre es una tumba y él ha nacido muerto, en una noche sin luna gobernada por el viento. Lo persigue una idea que no logra comprender, si la oscuridad le alumbra, la luz le hace oscurecer. Hundido en los lodazales, caliente de insana envidia, apedrea escaparates, baña trapos en bencina y, desde lo alto del puente que atraviesa la gran vía, ve incendiarse celulares, ambulancias y tranvías. “¡Viva la Muerte Naranja!” proclaman sus octavillas, impresas en su cuarto cuando despunta el día, recortadas a tijera, embutidas en mochilas que trajina el día entero por calles, plazas y avenidas. Odia al universitario, al que medra en la oficina, al menestral, al funcionario, al vocero periodista. Nadie se salva de su odio, ni curas ni ecologistas, en una bola de fuego a todos los fundiría, reduciendo a carbón a la humanidad podrida.

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