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paja de avena

12/07/2016

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Los primeros vaqueros que me levantaron el alma los llevaba puestos Emma Cohen en una serie de televisión. Poco importaría luego que andara metida en una gallina del barrio de Ali Babá; cada vez que me trinaban los fueros los pantalones silueteados de una dama, me venía a la memoria aquel prodigio original, en blanco y negro, y el presente se venía abajo, porqué aquella belleza era puro misterio y su nombre me iría retando, pasados los años, desde la contraportada de una colección de literatura de terror que iba yo recopilando, a rachas, por papelerías y quioscos. ¿Era ella la responsable de aquellos diseños, grabados e ilustraciones? Su magnetismo gravitaba al por mayor en la hondonada de mi mocedad mal aliñada, elevándose a ese zenit inalcanzable en el que habitan y perseveran los inclasificables.

Una tarde, cuando ya la sabía compañera de uno de nuestros maestros ineludibles, me tropecé con su primera novela, publicada en el ochenta y tres. Di vuelta a la cubierta y, allí estaba ella, fascinante, entre la serenidad, la melancolía y el desamparo, uniendo principio y final en una sola frase: Estoy más floja que la paja de avena. Y así el corazón se va marchitando.

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