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ciudades que no duermen

07/09/2015

trainmeat

Es noche de domingo y el último bus nocturno ha pasado hace cuarenta minutos. Aún así, me quedo un rato, la parada está animada. Un músico argentino entona canciones protesta en sintonía con el pobre y la naturaleza, mientras un anciano, con la gorra plana bien calada, desbrava la cogorza escupiendo a los cuatro vientos su ateísmo. Una señora ecuatoriana trata de pararle los pies, asegurando que sí, que hay algo, y que será mejor que el viejo recapacite antes de encontrarse el percal en los infiernos. Pero, cuando la doña toma su autobús, el briago burlón sigue emanando invectivas que sólo interrumpe para jalear al nocturno trovador.

Me alejo, dispuesto a dar un buen rodeo hasta que fluyan los trenes. Pasó frente al Arena, al tiempo que salen casi dos metros de hembra prefabricada embutida en un vestido rayado. Su amplio pandero se menea con la torpeza natural de quién aún no ha aprendido a usar los tacones de aguja. La abandono en el primer chaflán y sigo una ruta azarosa y tranquila. Los borrachos van solos y las parejas, acarameladas en licor, ni siquiera advierten mi silencio. Así paso una hora, hasta dejarme engullir por la boca de estación, que me absorbe con un calor pegajoso y sofocante.

Espero el primer tren en el andén. Un treintañero pelado trata de intimidar a una joven caribeña, pero ésta se revuelve y le canta la caña. El tipo sale con la vieja historia de siempre, que lleva dos años en el paro y los extranjeros le quitan el pan con sus sueldos de miseria, y ella le pone en su sitio; está harta y muy cansada después de muchas horas de trabajo y si toma el tren es para poder ver a su crío, del que lleva varios días separada.

Llego a destino, una plaza siempre en obras. Sobre la bruta oscuridad de farolas apagadas, empieza a perfilarse el amanecer. No me cruzo con ningún coche. La gasolinera está vacía y, en mi calle, sólo un local tiene subida la persiana, el bar de un indio que sirve desayunos desde primera hora.

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