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mi última pesadilla

02/09/2015

nancy

En una noche clara de mi vana juventud, cuando dormir no era más que soñar un poco, soñé –ya ves- con Freddy Krueger, metidos los dos en los pasillos de un caserón de madera que no era sino el domicilio imaginario de Romà Gubern.

Supongo que me perseguía, pero sin demasiada insidia, porque no recuerdo el sueño como algo angustioso. Ya había tenido enfrente a Robert Englund por las callejas de Sitges y eso debió de restarle filo y acechanza a esas chirriantes cuchillas.

En casa, monstruos y hacedores del terror eran como de la familia. Los fines de semana habíamos llegado a alquilar hasta nueve películas en los videoclubs del barrio y aquella pesadilla la había visto en el cine unas cuantas veces. Craven, además, sabía venderse de primera como teórico del terror. Cada vez que presentaba una nueva película nos la envolvía con un sugerente hálito reflexivo, fruto de su formación universitaria, que la hacía más apetecible, a pesar de que siempre me ha parecido absurdo sublimar lo que ya es válido por su propia naturaleza.

Tumbado sobre la blanda humedad de este parque desierto, vuelvo a cerrar los ojos y atraviesan el telón de mis sesos salvajes violadores emasculados, alopécicos caníbales de las colinas, zombis blancos, psicópatas eléctricos, amigas mortales… Un largo y precioso camino hacia la risa, a través del puro miedo.

El verano pasado, me metí de nuevo en el cine para ver Pesadilla en Elm Street, treinta años después de su primera llegada. Flameaba la pantalla al aire libre. Me acompañaba una dulce señorita, hermosa y radiante, que empezó a ponerse muy nerviosa. Tuvimos que salirnos a la media hora, porque estaba por darle un ataque de ansiedad. Había hecho un gran esfuerzo para tratar de acompañarme.

Mientras nos tomábamos un vino, para relajar el ahogo, sentí que para Craven hubiera sido un orgullo vivir esa escena, tres décadas después de haber parido la película. Desde fuera, seguíamos escuchando los gritos, aunque era a mí a quién acechaba un nuevo mal sueño. Pero ese es otro cantar del que ni siquiera voy a silbar la melodía.

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