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gente de principios

19/08/2015

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Cuando iba al instituto, mi compañero de pupitre hacia gala de una enorme conciencia de clase. Se declaraba comunista, internacionalista y poeta. Pintaba hoces y martillos a troche y moche y yo, para contrarrestarle, le dibujaba esvásticas y le escribía a lápiz que “Hitler tenía la razón” encima de la mesa. Puro entretenimiento.

Pasados los años, cuando los dos íbamos a facultades distintas, me lo crucé frente a la estación de ferrocarriles. Iba muy contento con su americana de pana. En la solapa llevaba un pin con una bandera tricolor que celebraba la reunificación de Alemania. Aún ejerce la abogacía.

Por esa época me dejé convencer para formar parte de un club de rol. Éramos unos cuantos chicos y una sola chica que, entonces, abominaba de la flácida languidez que caracterizaba –a sus ojos- los gobiernos de izquierda. Se aproximaba, a grandes zancadas, a los postulados del Partido Popular.

Volvimos a vernos el año pasado. Forma parte de una “colla castellera”, vota a Esquerra Republicana y anhela la llegada de la república catalana independiente.

En la misma reunión ejercía de pinchadiscos otro antiguo miembro del club de rol. Cuando nos conocimos, su estética extrema le había procurado varios encontronazos con las bandas neonazis de Barcelona y se había tenido que arrojar a la vía del metro, para evitar que los pelados le lincharan.

En las últimas elecciones generales y autonómicas votó a Plataforma per Catalunya.

Tranquilos, hoy va por Podemos.

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