Skip to content

gente empática

18/08/2015

cuquifear

Fue una noche aciaga. Para hacer tiempo, me metí a ver la que resultó ser una de las películas más pretenciosas y fofas de mi vida de espectador. Luego esperé a que terminara su turno en el restaurante, tomamos el bus y subimos a su casa. Al depositar mi vaso en el fregadero, descubrí una pequeña cucaracha correteando entre platos y cubiertos. Me disponía a aplastarla, pero ella me detuvo con voz suplicante:

– No la mates, no la mates. Muchas veces siento que podría ser ella, una de ellas.

Sus ojos de café me paralizaron el tiempo suficiente para que el insecto se resguardara en el sumidero.

Pasados unos días, volví al piso y encontré la cocina desmantelada, menaje y despensa desperdigados por el corredor y la salita. Estaban fumigando y las cucarachas caían por centenares mientras sus ojos miraban a otro lado.

Hace largos meses, me invitaron al teatro. Viajaba en el coche una señorita de conciencia acomodada y olfato para los negocios terrenales, defensora acérrima de los derechos de los animales. Se encendía como una tea de petróleo al hablar del cruel espectáculo de la lidia y había gritado como la que más para tratar de evitar el sacrificio del pobre perro Excálibur, víctima zamorana e inútil de nuestros gestores sanitarios.

Después de la función, fuimos todos a comer un bocadillo en una terraza de la rambla del chino. Bajo un árbol de sombra impronunciable, roncaba la mona una señora desaseada y harapienta. En nuestra mesa se hablaba de cultura y asuntos sociales. La solitaria indigente abandonó su sueño veraniego y, puesta en pie, desprendiendo un cierto hedor a bodega consumida por los calores, vino hacia nosotros en busca de unas monedas con las que cenar y remojarse la garganta, pero aquella sensible defensora de cuadrúpedos y operaciones inmobiliarias se levantó de la silla, señalándola al tiempo que chillaba con rabia indignada:

– ¡No te me acerques! ¡Que no te me acerques!

La pobre señora la miró, se miró, nos miró a todos, buscando una respuesta a lo que estaba ocurriendo. Pero todos estábamos tan paralizados como ella y hubo de alejarse unos metros, buscando sus monedas en otra mesa, con el desasosiego que implica saberse sumergida en un mundo de engañosas y ruines alimañas.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: