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gente sensible

16/08/2015

vaki40

He estado en un par de plazas de toros, pero nunca viendo la lidia. No porque aborrezca el toreo, más bien por una cuestión de economía y atmósfera. Acostumbro a tener los bolsillos vacíos y ese público que mezcla el turismo golondrino con la más rancia caspa ibérica me tira para atrás, pues tengo la torva sensación de que acabaría pidiendo los aparejos para descabellar a un valenciano o a un belga.

Sin embargo, lo más habitual es tropezarse por ahí con cráneos clarividentes que traen las ideas diáfanas desde antes de amorrarse a la primera teta. Recuerdo una señorita que aseguraba repudiar la sangrienta barbarie taurómaca y que, al cabo de unos meses, confesó haber asistido muy ufana a una corrida con un señor concejal de aquellos del sobre.

Y hace sólo unos meses, paseando por la Barceloneta, una muchacha de dulce dicción insistía en lo mucho que le herían ojos, corazón y vida, las sañudas suertes taurinas. No sólo repudiaba el toreo, incluso se negaba a devorar la cabeza de los boqueroncitos fritos que nos servía la amable patrona del bar en el que habíamos ancorado, porque le daba harta pena mirar los ojos del animalito.

Al cabo de una semana me mandó unas fotos desde Málaga en las que posaba, con amplia sonrisa, al lado de un mozo ataviado con traje de luces. Lamentablemente, perdí el hilo de la conversación y no le llegué a preguntar si se había sentado a comer pescadito frito y si le arrancaba la cabeza de cuajo.

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