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el payaso

28/05/2015

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Aquella era su única oportunidad y no pensaba desaprovecharla. Los gorilas permanecían fuera, vigilando las dos entradas del restaurante y el aparcamiento. Nadie le vería entrar porque llevaba cuatro horas metido en la cocina, friendo hamburguesas, patatas y aros vegetales.

La encargada había sido la primera sorprendida. Por razones de seguridad, nadie había anunciado que la fiesta iba a celebrarse en honor del hijo del presidente y la presencia de su padre era más inimaginable todavía.

Entraron los niños acompañados de un par de monitoras y, a la hora del reparto de regalos, llegaron los dos vehículos con vidrios ahumados. La encargada, que estaba acomodando la zona de juegos, distinguió al presidente.

Pertrechado tras la ventana de entregas, enseguida entendió que contaba apenas con unos minutos, era todo o nada. En el almacén esperaba el animador, dispuesto a poner el colofón a la merienda. Se escurrió fuera de la cocina, empujó la puerta de formica con el cartel de “privado” y, al tiempo que la cerraba, engarfió un paquete de doce latas de cerveza sin alcohol que estrelló en la cabeza del aprendiz de cómico. Bastó ese impacto.

Se cambió en apenas un minuto, agarró los globos y salió a escena vestido de payaso. El presidente ayudaba a su hijo a terminar de ajustarse la camiseta de su delantero favorito. Los gorilas volvieron la cabeza al escuchar la algarabía, pero enseguida recuperaron su posición de vigilancia exterior al corroborar el regocijo de los niños que iban recogiendo globos de manos del histrión.

No había nada suficientemente sólido que pudiera ayudarle a culminar su empresa. Los taburetes permanecían atornillados al suelo y la mesa era excesivamente grande. Las bandejas se rajaban al primer golpe y todos los cubiertos eran de plástico. Soltó el racimo de globos, que se elevó hasta el techo del local, alborozando aún más la alegría de los chiquillos y, aprovechando que el presidente alzaba la vista para admirar los livianos óvalos de goma trasparente, agarró al hijo por ambas piernas y lo descargó, como si fuera una silla, sobre el cráneo del presidente.

Fueron cuatro o cinco golpes. Las risas aún no se habían convertido en llanto. Pudo escuchar el crujido hueco de las cabezas chocando entre sí. Cuando los chillidos de las monitoras llamaron definitivamente la atención de los gorilas, él ya había abandonado el comedor.

En el suelo, las dos masa encefálicas parecían fundidas por la argamasa del cuero cabelludo. ¿Había alguna manera de salir del local? Aunque la hubiera, toda la nación iría tras sus pasos en unos segundos. Su mayor ventaja era haberlo perdido todo y no tenerse más que a sí mismo.

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