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Letras como cuchillos

19/05/2015

vaca

Otoño del ochenta y cuatro. Cautivo en el penal de Ocaña, Moreno Cuenca obtiene el permiso del Gran Hermano para contar con una máquina de escribir entre sus escasas pertenencias. José Antonio De la Loma le hace llegar una Olivetti portátil que ha utilizado para escribir sus guiones en épocas de trasiego. Con ella espera que el reo termine de redactar sus primeras memorias.

En diciembre, prisionero y herramienta son trasladados a la penitenciaría de Lleida 2. La capital del Segre siempre fue conocida por la impiedad de sus prisiones, expuesta en un romance medieval recuperado para reclamar la libertad de los presos políticos en los estertores del Franquismo. Pero los presos comunes no recibieron el mismo respaldo, además de los abusos y los malos tratos, hubieron de padecer un mortífero tercio de picos, seguido del descabello de la inmunodeficiencia adquirida.

Moreno se cruza inesperadamente en el penal leridano con su hermano Antonio. En sus futuras memorias, el preso mezclará misteriosamente fechas y dolores, asegurando que tal internamiento se produjo inmediatamente después de la muerte de su hermano mayor, Julián. Pero Julián Ugal Cuenca, fallecería en enero del ochenta y seis, mientras toda España caía en manos de la depredación franco-germánica que hoy tan vivamente sufrimos.

Sea como fuere, conversando con Antonet, se fragua un motín con la esperanza de una fuga. La madrugada del diez de diciembre, Moreno Cuenca extrae una varilla de la Olivetti, la estira, modela y afila hasta convertirla en el filo acerado del punzón con el que amenazará a sus carceleros esa misma tarde.

Disfrazados de verdugos, él y otros cinco internos atraviesan el umbral de la prisión y reciben el aliento helado que llega del Pirineo. Arrebatan varios coches, tratan de cruzar a pie los montes nevados, reculan y, montados en un Simca 1200, cinco de ellos se internan por la Diagonal barcelonesa, a las once y media de la mañana del miércoles.

Pronto son interceptados y tiroteados por la policía que les ha estado siguiendo hasta las puertas de la capital y que, ahora, les obliga a descender del vehículo a la altura del 133 de la calle Villarroel. Allí las cámaras captan la imagen del joven herido y pisoteado que encabeza primeras planas y servirá de reclamo para un disco y una película.

Quizá fuese mejor destripar este ordenador y convertir cualquiera de sus placas en la hoja de un hacha o de un cuchillo. No es la poesía un arma, sino una herida; no es el abecedario un arsenal, sino un basural yermo y sin fondo, en el que arrojamos un tiempo mermado e inútil.

Esta cerveza mal tirada refresca más la mesa que mis ideas. Acerco mi oído a los labios de esta chica castaña e inestable, que esconde un pelotazo de ginebra en el bajo vientre de un combinado que emana aromas de chocolate blanco. Ojeras de un mal vivir que no le sella la boca:

—Me tiembla la mandíbula, vale. Pero es de un accidente de coche bestial que tuve…

La callo con un beso y doy un largo sorbo al periscopio de plástico encorvado que emerge de su copa, buscándome una ruina.

[Publicado en El Butano popular el 19 de mayo de 2015]

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