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El hombre que se la mamaba despacito a los caballos

05/05/2015

hpstoçpmy

Tu coñico es para mí
el pozo de los deseos,
le meto un caldico blanco
y me sale un niño muerto…

La jota se le engalana en la gola a pesar del coñac, el relente y la picadura. Trae los molletes colorados y el morro inundado por un chisporroteo de babas. Chitón, el canelo que le guarda la conejera, le recibe husmeándole los zapatos y dejándose acariciar el cénit de la mollera, antes de volver a arrellanarse en su rincón del patio, debajo de la visera de uralita. El amo viene henchido y contento, con la brújula tiesa apuntando al catre. Le ve meterse en la casa, le truenan los pantalones y un vaho caliente le empapa la trasera del calzoncillo.

Tus mamellas son Moncayos
por los que discurre un río
que me nace en los cojones
y te regará el hocico…

Se entrecortan los versos al ritmo de sus pesadas pisadas mientras remonta trabajosamente los peldaños que llevan de boca al dormitorio. Pero otra tronada húmeda le invita a tomar el pasillo y sentarse a soltar lastre en la taza. Un par de desiguales polillas le bailan el calor a la polvorienta bombilla que corona el espejo de las afeitadas. Lleva años sin mirarse en él –ni en ningún otro-, prefiere regalarse una media dormida en el sillón declinable de la barbería. No hay motivo para amorrarse a ese vidrio reflexivo, simiente de insomnios. Para los arrechuchos ya tiene su buen botiquín, nunca ha entendido que nadie pueda guardar nada –y menos afeites y remedios- detrás de un azogue. Hay que ser villano y ciego de mente como un seminarista.

Te daré la comunión
con una galleta blanca
que se acostará en tu lengua
y se te meterá hasta el alma…

Tose y escupe mientras tira del alambre que descarga un remolino sobre la masa cenagosa que ha escopeteado en varias estampidas. Todo se lo lleva el agua, menos ese olor gástrico y espeso. Parece que se arranca de nuevo a cantar, pero muda el pensamiento y enfila silencioso el arrastre de sus pies hacia el dormitorio. La sangre se le acumula de nuevo en el bajío, engordando un bulto grave que se asoma entre los estirados dientes de la bragueta. Empuja la puerta y se detiene, con la mandíbula desplegada, frente a la cama vacía y desecha desde la mañana. A la Rosa se la comen los gusanos, las moscardas y los bichos, desde hace tres veranos, en la negrura del nicho. Es la joya que nunca se atreve a cantar pero que le muerde el pensamiento cada vez que vuelve al cuarto y se encuentra el turbión de sábanas revueltas que la Bundi viene a cambiarle una vez cada quince días, cuando pone un poco de orden en la casa y la nevera. Se descalza con los pies y, en esas, un calcetín queda preso en el hueco del zapato. Se echa a dormir, juntando brazos y piernas, doblado como un bajorrelieve embrionario. Tu coñico es para mí, musita, y se lleva el pulgar a la boca. La cabeza se le va a las verdes praderas regadas por el rocío y el frescor de recientes lluvias. El sol caldea la hierba que rumían las gruesas vacas lecheras y, junto al pinar, deglute el percherón de su niñez más temprana. Ve su velludo pitón descolgarse entre las patas traseras y él, infante querubín de carrillos bermellones, lo acomoda entre sus labios y succiona como quien da poderosas pipadas, fumándose la escasa paz que remansa el río seco de sus largas noches viudas.

[Publicado en El Butano popular el 5 de mayo de 2014]

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