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Tragic Word

03/03/2015

pepe

Hace ya algún tiempo, un amigo me confesaba que no entendía muy bien las flores que le estaban lloviendo a José Sacristán por su papel en Magical Girl cuando, a sus ojos, estaba completamente sobreactuado. No había visto yo aún la película y el comentario no me resultó del todo extraño, hace décadas que a Sacristán le endosaron la portavocía generacional y, en varios papeles, debe apechugar con agrios discursos engolados sobre los males de España y la humanidad que la habita. Sin embargo, ayer, al ver al fin la película, lo encontré comedido, acerado y en su sitio. Pero claro, su voz y su dicción a prueba de bomba lo sitúan a años luz de la mayoría del reparto de la película. Así que intuyo que por sobreactuar mi amigo entendía proyectar bien la voz, no dejarse un fonema y no traicionar el sentido de cada palabra. Por lo general, se abre un abismo entre un Rabal, un Fernán Gómez, un José Luis Gómez o un Sacristán y la inmensa mayoría de actores que pueblan los metrajes y minutajes que ahora se estilan. Un abismo, digo, de expresión y de lenguaje, porque la lengua y el habla andan de capa caída y se confunde la dejadez con el costumbrismo de bar de tapas. Susurros y rotos, sílabas empastadas y palabros mal pronunciados que hacen del diálogo un chicle que no encuentra nunca su sabor, estallando mucho antes de que la burbuja del sentido cobre su forma definitiva. Mundo extraño éste en el que mirar y hablar como se debe te excluye de la normalidad y en el que los papeles más relevantes son nominados a premios secundarios. La estandarización monocorde, que multiplica la riqueza lingüística de cualquier comedia madrileña de los cincuenta o los sesenta frente a la mayoría de las actuales, viene acompañada de ese prejuicio endémico en nuestro cine que consiste en no tolerar la disidencia fonética. En Argentina, un actor puede cubrir escenarios y pantallas con su acento alemán, turco, italiano… Aquí sólo se tolera en el marco de los chistes étnicos y regionales. De modo que para no desentonar y quedar bien, hay que hablar mal, como habla la gente que gobierna, emite, publica y vota.

[Publicado en El Butano popular el 3 de marzo de 2015]

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