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Magnetismo animal

03/02/2015

leitecobe

He visto desnucar conejos, ahogar cachorros de perro recién nacidos, decapitar serpientes, freír cangrejos vivos, hervir caracoles, aporrear al pulpo, marear a la hormiga y aplastar a la araña, pero nunca nadie me enseñó a ordeñar una vaca. Vi embalsamar pájaros y agonizar a los gatos, víctimas del veneno y la mala saña. Uno llegó cojeando, sorteando los tejados, para dejar atrás el cepo que le había cercenado una pata. Otro quedó tieso bajo las ruedas de un coche. Mi primera perra volvió arrastrándose a casa después de que una vecina le partiera el espinazo con una estaca. Una noche, mi pie chafó un ratón que cruzaba la cocina. Desmantelando el gallinero, aparecieron nidos enteros: palpitantes y minúsculas criaturitas rosas. Mi madre nunca ha sabido matar a los pollos y uno salió corriendo sin cabeza. Hubo que pasar la fregona desde la cocina a la puerta de la casa. En aquel gallinero encerramos una tarde a un vecino. Le engañamos como a Pulgarcito, tendiendo una retahíla de cromos que iba desde el portal hasta el interior del jaulón. Se trataba de una idea bárbara y obtusa, cualquier vecino habría descubierto a nuestro pequeño prisionero a las primeras de cambio. Mientras recogía las últimas estampillas, oyó cerrarse la puerta de metal a su espalda y, sabiéndose preso, se echó a llorar. Una hermana de mi abuelo vino a socorrerle y le vimos alejarse, dejando sólo la memoria de los cromos esparcidos sobre el cemento reseco. Un caballo murió arrollado por el tren, al fondo de la calle; otro languideció estrangulado por la estrechez de sus ataduras, junto a un sucio parterre de hierba. ¿Alguien tuvo un pez alguna vez? No lo recuerdo. Vi cabezas reducidas, escorpiones ardiendo, pirañas disecadas, pero nunca nadie me enseñó a ordeñar una vaca.

[Publicado en El Butano popular el 3 de febrero de 2015]

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