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fracaso

10/12/2014

Llego a casa de un funeral crepuscular en el que el cielo enrojecía ruborizado por las continuas derrotas de la vida. Dejo atrás un taxi negro y amarillo, una familia que se encuentra muy de tarde en tarde, de ceremonia en ceremonia. Memoria reciente de árboles caídos y celosías rotas, hojarasca oprimiendo los ángulos bajos, bolsas de plástico enredadas entre el despoblado ramaje, cruda noche, frío invierno. Pero hay que dejar el corazón, volver a los asuntos. Pongo en marcha la máquina, entro en mi correo y me encuentro esto:

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¿Mesa redonda sobre el fracaso? ¿Traerán una lucida manada de manifiestos luserones?  ¿Veremos la caída desde todos los ángulos posibles? ¿Nos darán su testimonio los que siguen en la poza y jamás saldrán de ella? Vengo de un funeral crepuscular, bañado por la roja vergüenza de un sol macho. Acabo de enfrentarme al insensato bostezo del nicho que se ha tragado cuarenta y cinco años de vida desfondada y reventada por dentro. Vengo, amigos, del pudridero y me citan a una mesa redonda sobre el fracaso. La curiosidad puede conmigo. Abro el mensaje:

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El fracaso convertido en oportunidad, manifiestos, firmas. Aplaudid ufanos el perpetuo fracaso de la vida, el eterno triunfo de la muerte, el fabuloso reino de la idiocia. Cuento hasta diez, respiro hondo, ya dejó escrito el maestro que el enemigo es la imbecilidad, no los imbéciles.

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