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El observatorio

05/11/2014
lilis

Abrió la puerta y las bisagras se desperezaron con un largo bostezo metálico. Atravesó la oscuridad hasta el rincón y puso en marcha el tocadiscos. Mientras descorría las gruesas cortinas que daban paso al desvaído fulgor de los neones, la aguja crepitaba, deslizándose sobre el tramo inicial del surco. Notó como aquello acudía, a gatas, hasta dar con el pie del telescopio, como de costumbre. Nunca supo si era niño o niña, el vello le cubría por completo, impidiendo apreciar sus formas bajo aquella selva de pelos, y sólo utilizaba la boca, que se adueñaba ahora de su flácida hombría mientras él fijaba el ojo en el visor. La ciudad le brindaba un circo de inciertas atracciones que inundaban su retina, mientras los labios de la criatura reconducían su flujo sanguíneo. Música y bombeo, bombeo y miradas furtivas. La lente, que él mismo había ingeniado y construido, le permitía sortear la opacidad de los vidrios reflectantes y ahumados. Los descomunales edificios de apartamentos quedaban a su entera disposición, al otro lado de la avenida, incluyendo las tres plantas del burdel, el gimnasio y las piscinas. Un oriental de edad indiscernible se desencajaba la pierna ortopédica y, abrazado a ella, recibía las embestidas de un muchacho magro y fibroso. En la zona de baño, una adolescente apuraba el horario de cierre cubierta con un traje color carne que rebajaba sus curvas y sellaba sus aberturas corporales, dándole el aspecto de una muñeca inaccesible. En uno de los apartamentos, dos hombres morenos terminaban de instalar una cocina, mientras el dueño de la vivienda daba de comer a su loro. Debajo de él, una mujer menuda y rolliza salía del aseo, secándose con una toalla, con el cuerpo absolutamente depilado, hasta cambiar bruscamente el sentido de sus pasos y responder a una llamada telefónica. En esa fase el bombeo se tornaba excesivamente regular, como el pasaje musical que filtraba la tupida tela de los altavoces, pero enseguida entraba en juego la lengua, que espesaba el placer de un modo ascendente. Un hombre atlético, dorado por un baño de miel, se dejaba tomar por un enjambre de abejas que alguien, cubierto con ropajes de apicultor, procuraba que se posara de una manera equitativa y uniforme. Varias personas corrían, a distintas velocidades, sobre las cintas automáticas del gimnasio, y un calvo prematuro trataba de levantar unas pesas que no alcanzaba a separar más de dos palmos de su mullido cuerpo. Al fin divisó a los enanos, cubiertos con mono de faena, que pellizcaban con severidad las carnes de una mujer madura mientras otra más joven le enterraba la boca entre los muslos, dando la sensación de procurarle una barba frondosa y rubia. Un chorro blando golpeó el paladar de la criatura, que apartó la boca de sus ingles para poder respirar. A zapatazos y esbozando patadas en el aire cerrado de la habitación, él la obligó a recular, arrastrándose hasta el interior del cubículo que servía de túnel de lavado. Apagó el tocadiscos y abandonó el estudio dando un portazo. Bajaría al bar y tomaría con calma el sirope plateado de siempre.

[Publicado en El Butano popular el 5 de noviembre de 2014]

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