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África va en bata

21/10/2014

poitier

Los amigos escriben, dibujan, filman, cantan y le abrazan a uno con su ingrávido elemento. Así se lleva mejor este siglo harapiento en que nos llueve la mierda, mientras vamos de aquí para allá con nuestros lubricantes para el coco, viajando en trenes que huelen a maría y autobuses tomados por la prole de los desbravados. Café con sacarina, cerveza con limonada, vino con gaseosa, una vida viuda de todo. Mejor un café cargado y los ojos puestos en este tebeo que cuenta la vida de un paria al que le resulta cada vez más difícil desengancharse de los mundos virtuales para lelos. Alzo la mirada y corroboro que tampoco para el ganado del vagón hay logout posible, nos llevan y nos traen en horarios burbuja de los que no es posible salir sin que estalle la atmósfera y nos consuma el impacto. En una semana han cambiado tres veces el anuncio del panel luminoso que hay frente a la gasolinera. Más allá, el senegalés del carrito rebulle bajo los cuadros de su camisa, carraspea, estira el cuello y se vuelca en el escándalo de una tos estentórea. Los clientes del bar le observan a través de los vidrios salpicados de folios en los que se exponen las principales ofertas de desayuno, menú y tapas. Temen que entre en el local, lo tienen sólo a unos pasos. A ese hombre negro que no ha alcanzado aún la treintena y me pide un euro de vez en cuando, al bajar la basura, sólo le queda hoy el desquite del terror y la risa. Esos jubilados, esas madres que vuelven de la escuela en la que han aparcado a sus hijos, tiemblan ante la idea de que les traiga la enfermedad de la selva. No importa que lleve por aquí más de un año y lo vieran revolver el contenedor aquella lejana mañana de reyes. Hace unos días que todos le miran con mayor suspicacia, nadie le tiende la mano, le abren paso para no rozarse y hacen oídos sordos a sus saludos y demandas. Así que hoy rompe a toser, se dobla y simula la inminencia de un vómito fantasmal que pone en alerta a la concurrencia. Todos pasean el perro por la otra acera y tiran la bolsa a los pies del contenedor, para no tener que tocar el asa ni pisar la palanca. Él, cada vez más pálido de pura burla, atraviesa el paso de cebra y, cuando alguien se acerca, se detiene a toser y carraspear, se encorva y simula arcadas. El carrito va lleno de hierros, con un par de botas atadas al tirador. El trac-trac de las ruedas se pierde en la insulsa lejanía mientras el televisor del bar escupe un insulto de imágenes necias y turbias. Ya no hay gatos en la calle, tampoco hombres. Poco a poco se amontona la basura.

[ûblicado en El Butano popular 21 de octubre de 2014]

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