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Chica cinco catorce

05/09/2014

catalinam

Me asaltan sus muslos blancos, lechosos, avivados fugazmente por el rubor que deja atrás el calor de sus manos rollizas y tiernas. Me planta el hemisferio escindido de su grupa a dos centímetros de la cara, mientras brinca despendolada para llamar la atención de alguna conocida que la ignora desde el fondo del vagón. Debe de ser la única que no se maneja en camarilla.

Cuando se sienta, los pantaloncitos negros y mínimos dibujan un triángulo perfecto sobre la lisura del pubis, donde deposita el teléfono para no andar sacándolo y metiéndolo del bolsito que viaja arrimado al arco perfecto de su seno derecho.

Lleva la señera enrollada a un mástil inclinado que ancla entre las piernas, reproduciendo la dulce imagen del buen pastor, manjar de cánidos hambrientos. El tren traquetea como si un siglo y medio de adelantos técnicos no hubiera logrado sortear los azarosos escollos del camino, abocándola a una danza imperceptible, levantando y bajando las piernas de manera alternativa para que los muslos afiancen el aparato, librándolo del caos de una caída segura.

Poco antes de alcanzar la estación central, se le encasquilla la conexión y, envuelta en guanajos rojos y amarillos, elige al descarriado para aliviar sus dudas. Tengo posibilidades, quiere saber el mejor modo de llegar a cierta encrucijada del ensanche y yo le miento, confesando que tomo el mismo rumbo. No es preciso explicar nada, basta con acompañarla.

Su trasero es una fiesta subiendo las escaleras mecánicas, sus tetas una habanera embravecida que me fuerza a alzar el periscopio del deseo vespertino. Las terrazas de los bares siguen saturadas de rojo y amarillo. Le invito a un refresco con la excusa de entrar a cambiarme. Empujo a un fofo canoso al interior del retrete, hundo su cabeza varias veces contra la máquina expendedora de condones y me agencio su camiseta y su estelada. Nadie sospechará, sobre la frente le he pintado un águila imperial y el nombre del caudillo. Me ampara la prensa, hoy no se hará público ningún incidente.

Al salir, ella ha apurado el último sorbo de naranjada. Nos hundimos en ese caudal de multitudes. El capicúa nueve once once nueve oscila por encima de la belleza rutilante de su pandero. Llama la tribu, ruge la fiera democrática. Sí, se acerca la hora, encontramos el enclave, armamos rampas, calentamos motores. Las cinco pasadas, las diecisiete once, las diecisiete catorce. La cargo sobre mis hombros, como una anxaneta furiosa, bandera al viento.

In de pen dèn cia In de…

Con cada sílaba aprieta más las piernas y noto su humedad en la nuca. Está a punto, agito la cabeza como el león que vapulea la gacela desgarrada entre sus dientes, desgañitándome, desaforando el ardor de sus más íntimas convulsiones. Ahora sé que es virgencita y se llama Núria. Cuando se descuelga, siento como la tela sintética de su pantalón se despega trabajosamente de mi camiseta como el zarpazo tirante de una pegatina.

Con mi buena cabeza he inaugurado su santuario. Somos sólo dos gotas en un gran océano, pero en cada uno de nosotros esplende y vibra la plenitud del nuevo universo en formación. Triunfa la Voluntad, chorreamos patria, historia y fantasía.

En el tren de vuelta, feliz y cansada, hunde la nariz en mi sobaco, extasiada por el sudor que rezuman mis poros. Sus pezones se topan con los míos. Su móvil vuelve a funcionar. La llaman, pero no responde, sólo admira las fotos tuiteadas que muestran el gentío bicolor a vista de pájaro.

-Guau! Som nosaltres, tio! Quan arribi a casa i ho miri per la tele, ploraré.

Yo me bajo primero, en una ciudad situada a cuarenta minutos de la suya. Me despido con una caricia que la deja encendida. Volveremos a vernos dentro de tres días en el mismo tren que nos dio a conocer, para llegar a la capital y volver a vibrar juntos y amarillos. Cobijados por nuestras banderas bajo la lluvia, nos espera el fotomatón de las cinco catorce.

[Publicado en El Butano popular el 5 de septiembre de 2014]

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