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Juegos de mesa

13/06/2014
aceit

Silba la tetera. ¡Tetas fuera! Aúlla el lobisón y se te enredan los cabellos en la hélice del ventilador. Chillas, lloras, tironeas. No alcanzas el interruptor y yo me hago el sordo, saco el Péladan de la nevera y me abanico el bajío y los alerones. Veo revolotear tus mechones como el plumaje de un ganso despachado en pleno vuelo. La pelambre me llena las narices, huele a coco, caribe de bote. ¿Qué te llevarías a una isla despierta, volcánica, quejumbrosa? El Péladan y mi cipote en estampida, que le huye a las fiambreras y a las escaleras de caracol. Noelia vivía en un dúplex vestida de enfermera o azafata, según la hora y el piso. Amamantaba cerditos con una tetina de litrona y luego los soltaba en la terraza para entretener la clientela del Palafox. Noelia no tenía tetas, pero tenía muchos tés para degustar. Silbaba la tetera y ¡cremallera!, ¡a probar, asentir y callar!, ¡la historia de España! Y los cerditos revolcándose en lo húmedo, hasta que llegó la carta de Monsieur Le Tulipán Quijadas Anversas, campeón de pulgar siete y coleccionista de ballestas. Imitaba el zanqueo del flamenco sobre el culo de un orinal y soñaba llover golondrinas, bañando de nostalgia las grandes capitales de antaño. Ruiseñor, cántame, que tengo a la hija de parto y a mi madre en Lavapiés, fregando cubiertos y platos al Señor de San Rumiel. Ya no hay quintos, pero los hubo altos, bajos y rollizos, paseando su descanso por las aceras lupanarias. Yo administraba energías comiendo setas en la tasca del Memo, donde la cafetera regurgitaba un caldo aguado que hedía a pinrel de anciano ulceroso. Las mesas –antigua ambientación de un salón chinesco- eran triangulares y de colores mal combinados. Las güeñas, morcillas y chorizos colgaban a gran altura para que nadie alcanzara a robarlas y las tardes de calorada ponían en marcha el ventilador, que esparcía el sebo en el sentido contrario a las angustias del reloj. No se podía cantar jondo porque al Memo se le había muerto el padre en Badajoz, en mitad de una juerga flamenca organizada por una cuadrilla que volvía de triunfar en las fiestas de Almendralejo. El caviar del pobre es la oliva muerta, repetía tristemente, sirviendo el cariñena en vasos bajos y mellados. Se usaba mucho la terracota, la mecha de encendedor y el pañuelo de trapo. Ninguna mujer ponía los pies en la tasca después de las cinco, menos las tardes de fútbol, en que la llenaban ellas solas con sus partidas de tirolé y managuas. Atendía la Rodri. La cafetera permanecía en silencio, todo olía a chocolate y a infusión de hierbas. Uno de aquellos domingos polvorientos se bajó del coche Eladia Fillol y pidió que le pusieran al fuego su tetera de latón norteño. Traía la preñez muy avanzada y no era cuestión de hacerle el feo. Al mes parió un chato que fue yendo para cura. Jamona y negruzca, Eladia se metía en la tasca a darle el pecho las tardes de mujerío. Cuando el calor del fogón crecía y se oía silbar la tetera, todas gritaban a una: ¡Tetas fuera! ¡Tirolé, tirolé! ¡Managua! ¡Una! Y chillaban como tú, pero con más pelo.

[Publicado en El Butano popular el 13 de junio de 2014]

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