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Tristezas de una triple B

23/04/2014

parranda

Anoche le vi a Usted meterse unos tragos de vino blanco y hacérselo con una lumi en un ataúd, y le eché de menos más que nunca. Tal vez fue verle descollar con ese chorro largo de talento entre tres grandes – que, a pesar de su magnitud, se quedaban pequeños frente a su estampa de arremansado trajinante de fiambres – o, simplemente, todo se reduzca a que es usted inmenso. Fíjese que hoy iba yo a hablar de fútbol, de ese vaivén de pelota en el que usted sólo tuvo a bien entrar desde la más pura guasa. Pensaba centrarme en la final del otro miércoles, que queda nítidamente resumida en dos apellidos que, mire usted por dónde, principian con la letra que daba nombre a su sillón de la Academia. Y es que aquí, a lo tonto, las únicas alegrías de los últimos años nos las ha dado el baile de la bota. Usted no se ha enterado, porque levó el ancla del alma justo antes de que un cráneo privilegiado de Sampedor empezara a quedarse calvo bajo la canícula del triunfo. Esplendió un equipo que se conducía como un engranaje absoluto y perfecto. Cuando las cosas no iban del todo bien y parecía existir una disyunción milimétrica en el entramado de las combinaciones – un yerro diminuto que impedía superar las bardas rivales – emergía el portento de las individualidades: un trallazo del centrocampista desde la frontal, un regate inverosímil del delantero o, como último recurso, el cabezazo de un central que desfondaba la red a base de orgullo y testosterona. A ese equipo resultaba muy difícil endilgarle golazos porque le guardaba las espaldas un gran portero y todos los jugadores de campo defendían, recuperaban y dominaban los rechaces en campo contrario. De un tiempo a esta parte, el mecanismo se ha ido desbaratando a causa del desgaste. Ha disminuido la tensión, enturbiándose la sinapsis creativa, hasta el punto que, en no pocas ocasiones, el equipo persevera en una rutina formal de permuta y posesión, desligada de su objetivo final. Se toca y combina, de manera más o menos atinada, sin que el sistema – que se juega de memoria – contemple la posibilidad definitiva y definitoria de marcar tantos. Puede que sea cierto que el demiúrgico centro del campo note ya en exceso el peso de los años, pero el error fundamental – de la directiva y del responsable deportivo – es haber descuidado por completo la retaguardia. Hace demasiado tiempo que se sale a pelear sin una defensa en condiciones y resulta imposible mantener la tónica del fútbol total (esa defensa que empieza con un delantero fino, alegre y peleón que le disputa el balón a la zaga contraria) cuando no se puede tener fe en los que vienen detrás cubriéndote los errores. Con el portero titular convaleciente, camino del exilio europeo, y una defensa improvisada por la falta de efectivos, la erosión de la parte media y delantera del conjunto es un hecho, más allá de los desvaríos tácticos y la aberrante colocación de los jugadores. El pasado miércoles cualquiera podía apreciarlo, ni siquiera la épica del cabezazo de un central pudo enmendar el entuerto. La galopada de un extremo rival – gesta del reino de la G: Gorostiza, Gento, Goikoetxea – superó, a la brava, la oposición de ese mismo cabeceador y enterró un golazo blanco y campanudo en el fondo de una portería exhausta ya de sustos. Bale – la bala blanca – señaló el camino: sólo con otros dos baluartes como Bartra y un guardameta de envergadura se puede empezar a recuperar el terreno perdido. Pero eso a Usted, desde la B de su sillón ajeno a tan mundanas erubescencias, poco le hubiera importado. Más le hubiese apetecido remojarse la gola con un buen clarete o entretener su hombría entre los muslos de una manceba encajonada en su féretro. Fíjese que ahora mismo me lo figuro con dos agujas luminosas y luengas, tejiendo la vainica ciega de mi ventura imaginaria, que es del color de las grandes pasiones y desgracias.

[Publicado en El butano popular el 23 de abril de 2014]

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