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En atención a los caballos muertos

08/04/2014

amaz10

Cavalls novells
de vella estampa
pasturen al prat
ma minsa esperança.

Pompeu Pla Florit

Verde era la hoja, verde era la parra, debajo del puente retumba, va el agua. ¡Porrón pon! ¡Pon! Porrón pon, pero que sea del vidrio verde que lucen vasos, platos, ceniceros… Dura lex sed lex. El cateto de tu hermano que no me venga con leyes, que estamos en El Butano y todos somos payeses, catalanes y murcianos, y pedimos entremeses antes de los dos platos. Si no sirves café, no ofrezcas menú diario, que el currante tiene sueño y necesita espantarlo. Una luna en el monóculo, la segunda en el espejo, la tercera es mi novia y la cuarta está en el cielo gobernando las mareas y dejando, por los prados, un tendal de niños muertos. El caballo sobre la mar y el barquito en la montaña naufragan al confiar en una vista que engaña, anunciando libertad donde la cárcel aguarda. Carcelero, carcelero, no me pongas más cadenas y deja el portón abierto para que mi novia venga. Carcelero, carcelero, aprovecha la ocasión, que el futuro es muy oscuro cuando eres español. A Sir Arthur Conan Doyle le invitaron a cenar en una tasca muy grande que abrieron en Gibraltar. Le pusieron, de primero, riñoncitos al Jerez; de segundo, codornices con tomate de cordel, y de postre, queso fresco bañado en dorada miel que fue apartando discreto, alejado del quinqué que alumbraba a una gitana, bailadora de El Perchel. Le ofrecieron un té verde, pero él quería café y, como no lo traían, se quejó a Ganivet, que sufría por la patria lo que nadie supo ver. Don Ángel, muy granadino, se lo llevó a su hotel, tomaron un par de tazas y muy buen coñac francés. Después de vaciar dos pipas comentando las hazañas de Corbett, cada uno buscó la paz de su dormitorio. Ninguno podía imaginar que la danza de los puños iba a convertirse, con los años, en dominio de los negros. Cuando pensaban en África no veían fintas ni nudillos, sólo dientes blancos y pies descalzos. Ganivet se había topado con un congoleño disecado al pasar por Bélgica. Le impresionó. Allí empezó a darse cuenta de lo equivocado que estaba el difunto Darwin. Aquel guerrero africano tenía los pies más grandes que los suyos y unas rodillas agudas, picudas, que a cualquier naturalista enceguecido podrían hacerle pensar que emparentaban con el flamenco o la cigüeña. Se le escapó una risa de sonajero acordándose de Pipita la cigarrera, tan menuda y fresca de carnes, que se le colgaba del cuello, quedándose abrazada como un tití todo el tiempo que la hacía suya. Esa sí que debió de tener algún antepasado arborícola y piojoso. Bien tuvo él que ir a sacudirse las liendres, rasurarse los bajos y remojar las barbas varias veces en un remedio de botica maloliente y enojoso. Fue a partir de entonces que empezó a fumar en pipa y a trajinar varias cajas de fósforos repartidas por todos los bolsillos de su indumentaria. Mientras su risa rechinaba como las idas y venidas de una bisagra oxidada a merced del vendaval, Sir Arthur desaguaba en cerámica albar los humeantes rescoldos de los caldos ingeridos. Su mente discurría, muy despacio, por callejones empedrados y secretos pasadizos subterráneos. Una mosca verde y pesada amenazó con distraerle el ensueño, pero el grueso batracio de guardia la vio venir, estiró la lengua y se la llevó a la boca que ninguna hembra llegaría a besar en los días de su vida. Allá en el valle, cerca de la charca donde le habían capturado antes de su duro entrenamiento insecticida, pastan tres o cuatro caballos que mañana habrán de fulminar horribles centellas. Verde era la hoja, verde era la parra, debajo del puente retumba, va el agua.

[Publicado en El Butano popular el 8 de abril de 2014]

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