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el ángelus de Millet

26/02/2014

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Sale al jardín a la hora del ángelus, recién levantado, como todos los días, apoyándose en el andador de rutilantes ruedecillas. Estira y encoge la pierna fracturada, siguiendo las precisas instrucciones que le dio el doctor después de quebrársela, con el fin de retardar al máximo la recuperación. La morfina le guarda del dolor y convierte las punzadas en un cosquilleo casi agradable —material alemán recién incautado—, razón de más para sentirse seguro en manos de un cuerpo policial tan patrio y atento. Alarga el cuello olfateando los contornos como un galgo de cráneo pelado. Le llega un olor extraño e irritante, como de goma quemada. Entonces ve —o cree ver— a sus perros derrengados, ardiendo su agonía sobre el cesped segado a conciencia. Llamaradas vivas que se mueven de aquí para allá con ciega torpeza. Se lleva el índice al puente de las gafas, las encaja mejor en su jeta y corrige el enfoque: no son los perros, son sus nietos. Les han quebrado las piernas y se arrastran como animales incendiados. Les han hundido los ojos y deben de haberles extirpado la lengua o seccionado las cuerdas vocales, porque ni chillan, ni gimen, ni lloran. Se estaban probando los trajes de neopreno, que se funden con la piel hecha jirones, dejando tres estelas de carbonilla sobre el pasto. Aturdido por los opiáceos y las negras humaredas, no puede evitar seguir avanzando, pasito a pasito, como un muñeco de cuerda, hasta volver la esquina de la casa, y la imagen de su hija perfora sus pupilas con la violencia de una bayoneta. Desnuda y reventada cabeza abajo, atravesada por el mástil de la señera, exhibe cuatro largos tajos rojos en la espalda. Los regueros de sangre han encarnado el paño bicolor que le envuelve la cabeza derretida por los golpes. Arriba, por el agujero que, en otro tiempo, vertió tres vástagos burgueses, se derrama un manojo de tripas rotas. Apenas tiene tiempo de observarlas, el fogonazo envuelve y prende aquel amasijo de carne empalada. He aquí el autor, el artista que ha pintado con fuego esta escena rabiosa y exquisita. Carga a su espalda el pesado depósito de combustible, rugiendo entre sus manos la desafiante boca del lanzallamas. Él se aferra al asa de metal del andador. Se está descomponiendo: un río húmedo y pegajoso le empapa las perneras del pijama, pringando el yeso hasta el tobillo. Las ruedecillas chocan con algo: una zapatilla estelada. El topetazo le desequilibra, cae hacia atrás, una pierna a cada lado. La dosis de morfina no es suficiente para calmar el dolor del nuevo hueso fracturado. ¡Qué tentación la de abrasarle en un momento! ¡Contención! ¡Disciplina! Mejor quemar primero toda la casa, pieza a pieza, cuadro a cuadro, lo nuevo y lo viejo, lo antiguo y lo falso. Las fotos con ministros, consejeros, presidentes…, y esa réplica exacta de la piadosa estampa campesina: los labriegos bajo el sol, la forca, el carretón, la misteriosa mantis escondida… Que arda todo mientras las astillas se le clavan en el músculo y el nervio, que aúlle sin poder más que arrastrarse, inundando el dolor sus lacrimales. Luego el mazo le quebrará, uno por uno, todos los huesos. Será cenizas, sí, pero antes una llaga viviente, música para nuestros órficos oídos infernales.

[Publicado en El Butano Popular el 26 de febrero de 2014]

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