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el monstruo en el armario

19/02/2014

cati

Mientras subía el café, me figuraba follándote en el zoo, entre las fieras. Me llenaba la boca con tus mieles y tú mirabas los monos trepando por los riscos y descolgándose por lianas de mentira. Ni puto caso los monos, siempre a la suya, lo mismo se comen una fruta que te echan la mierda a la cara. Mi lengua – bañada entre tus lavas del recuerdo – lamió después la mermelada de manzana. Todo era aroma de café altivo y humeante, de tostada morena, acalorada. Y el gato me ha mirado con esos ojos de niño de provincias que quiere jugar a esconderse debajo de las camas, ignorando la existencia de los monstruos que a tantas criaturas amenazan. Cuando se ha escurrido bajo el ala caída de la colcha, he presumido que allí, en lo oscuro, contigo se topaba, que estarías desnuda y recogida, hundiéndote los dedos hasta el alma. He preferido no agacharme, ignorar lo que las sombras resguardaban, y me he tumbado sobre el lecho por hacer, enhiesto de dicha, amasando sustancia. Olí por un momento tu cuello, mordí tus hombros, palpé tus ancas. Pero, como buena rana, diste un brinco y te desvaneciste allí, en la nada. A solas con mi bálano encendido, intenté alcanzar la muerte rápida, pero seguía oyendo tus saltos en el vacío, tu voz de caracola llena de agua. Frufrú de piel, frufrú de pelos, frufrú de yemas adheridas al as de bastos, campeón de mis mañanas, que escupe, como fuegos de artificio, un esputo de amor que blanquea el cabezal y las sábanas. El gato ya hace rato que se ha ido a pasear sus andares por la casa, debe de estar comiendo en la galería o buscando el sol en el balcón, al que se asoma para espiar a los vecinos que pululan por la plaza. Enseguida se enfrían los jugos, como si un súbito invierno se llevara de un soplo mi veraneo galante de guirnaldas. Me animo al fin y miro bajo el lecho: ni tú ni nadie, nada de nada. Finjo oír un leve ruidillo críptico y sedoso en el armario. ¿Serás tú, escondida, acurrucada, con los pezones tiesos y los muslos separados? ¡Qué pitote se monta en mi cabeza! Tiznadita de amor, armas el taco grueso de mis ganas. Te imagino vestidita con mi ropa: mis calcetines en tus manos, mis calzoncillos cubriéndote la cara, pergeñando un atraco a sangre y fuego – con más muertos que billetes – y orinando en el mero centro de la caja. Un caudal de oro entre tus piernas, plap plap plap que canta y baila. Endureces la ternura de mis miembros y, sobre el alminar, mi voz te llama, un hilo de voz de almendro: mi flor y mi nata. Recíbela allá dónde estés, con ojos lentos y gestos reposados de gata. Ya lo ves, sin comerlo ni beberlo, te he tenido metida en el armario una mañana.

[Publicado en El Butano Popular eñ 19 de febrero de 2014]

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