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gipsy frames

12/02/2014

PORMISANGRE

Hubo un tiempo en que comía escuchando la radio para no perderle el oído al catalán materno. Una tarde en que debía de haberse encendido alguna polémica absurda sobre temas de convvencia, el locutor encetó la socorrida tertulia sobre la integración (o no) del pueblo gitano a esta modernez de pacotilla.

Aquel puñado de opinadores de todo y especialistas en nada fueron soltando sus discursos de pegatina hasta que el moderador se interesó por la opinión del invitado del día. Dio la casualidad de que era el periodista Joan M. Oleaque, que venía a hablar de su último libro. Cuando el escritor comenzó aclarando que él mismo era gitano, un turbio e incómodo silencio, seguido de trémolas disculpas, envolvió la emisión.

Oleaque había publicado un libro formidable –en todos los sentidos- sobre la atrocidad que rodeó el crimen de Alcàsser, y ahora presentaba una crónica sobre el auge, desmesura y caída de la ruta del bakalao. Si hubiera publicado un ensayo sobre el garrotín, el chabolismo o el menudeo de drogas, aquellos botarates hubieran actuado sobre aviso, pero, ¿un gitano periodista de investigación judicial y antropólogo urbano? ¡Vamos hombre! A lo sumo cantaor, bailaor, torero o humorista, que pa eso tienen gracia los jodíos.

Cualquiera que hubiera convivido y alternado con familias gitanas, habría advertido su diversidad. Hasta mi adolescencia, además de escolares, los conocí comerciantes, loteros, temporeros, chatarreros, caballistas, vendedores ambulantes… Los había de clase baja, media y tirando a alta. Pero, a partir de cierto punto, su presencia se difumina. ¿No hay gitanos en la universidad o prefieren no decirlo? Y quien dice la academia, dice otras tantas instituciones y sectores económicos y sociales.

Por eso, la otra noche, lo primero que pensé al ver Por mi sangre fue en la novedad que supone toparse con una película -un mediometraje- en el que casi todos los personajes están interpretados por gitanos. Al espectador medio español ya no le extraña ver telecomedias yanquis en las que, desde el doctor hasta el policía, todos los papeles están encarnados por actores negros. Tomará como normal –son muchos años de estigma en la página de sucesos- que un puñado de calés resuelvan sus problemas con palos y escopetas. Pero se le hará inverosímil e increíble –más allá de la escasez de pericia interpretativa- ver a una enfermera gitana o a un presentador de telediarios con marcado acento sevillano?

He aquí uno de los logros de esta peliculita casi doméstica. Se habla mucho de cines indígenas, minoritarios y periféricos, de lo marginal, lo etnográfico y lo alternativo, pero ninguna de estas etiquetas sería capaz de encapsular la naturaleza de este hallazgo tardío. Tardío porque se rodó hace ya siete años y mi ciega ignorancia no le había seguido los pasos por lado alguno.

Algún rumor me había llegado de soslayo, algo sobre una familia gitana que había estado paseando su película por las distribuidoras sin éxito en su afán de exhibirla. ¿Sería la misma? La otra noche, persiguiendo otras perlas, me topé con ella. Algo tremendo.

Se trata, sin duda, de un proyecto personal cuyo autor -hombre de tenacidad envidiable- consiguió implicar a toda su familia y amigos en su artesano desenvolvimiento. Manejando a su peculiar manera los recursos habituales del cine de tiros y hostias –música solemne, ralentís, difuminados…-, desarrolla una trama mínima –el secuestro de un chavalín para salvar la vida de la hija de un capo mafioso- en la que tienen cabida persecuciones, balaceras, venganzas y trasplantes. Todo ello supeditado a la actuación de allegados gitanos, entre los que se cuela –quién sabe por qué- un orondo joven colombiano.

Ingenua y resolutiva a partes iguales, la cinta nos pasea por zonas suburbanas y residenciales cercanas a Sevilla, descolocando al espectador desprevenido al sumar a sus prejuicios habituales las escasas dotes dramáticas de sus desprendidos intérpretes.

Da igual lo que tengas previsto hacer esta noche, pon en marcha el reproductor y mira este ejemplo inaudito de cine familiar urdido con tesón por José Pozo Carmona. Si eres paciente, al final obtendrás una doble recompensa.

Y luego pregúntate, si más allá de chanza y desparpajo, te hubieras creído la historia si los actores fueran buenos profesionales, sin dejar de ser gitanos. No te mientas o llamo a León y al Tormenta para que te den candela.

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