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181 minutos en cabeza ajena

09/02/2014

Rampage

 

Debajo de Mozart y Strauss pugna la avaricia ciega de los caníbales. En las honduras del caldo negro del Danubio y el Rin se sigue cociendo el corazón envenenado de un continente enfermo. De ahí que  no me sorprendieran demasiado los rebrotes racistas, ni determinados hallazgos policiales como los que han inspirado una cinta tan desesperanzada como Michael, que nos entromete en la rutina de un gris agente de seguros, que mantiene encerrado a un chiquillo al que maltrata y viola a su gusto.

Una historia de desechos consumados que alimenta algo malsano, una tara que poco le debe a la explicitud y exhibición de atrocidades, dado que juega, ante todo, a vapulear al espectador a golpe de mazazo elíptico. Le pesa, además, una notable ausencia de humor que la distancia de locuras -quizás más brutales, pero también más llevaderas- como la antológica Breaking Point, del inefable Vibenius.

Probablemente hubiera pasado por alto semejante pudridero de no haberme enfrentado ayer a otra bomba mental de origen germánico. Rampage no tiene, en apariencia, nada que ver con las encerronas de Michael. Rodada en parte en Canadá, pero escrita y dirigida por un renano, exprime al máximo la violencia armada y los artificios del montaje tumultuoso para detallar la actividad de un joven insatisfecho, que se forja una armadura y sale a la calle a masacrar al populacho aborregado y necesariamente prescindible.

Ambos personajes –el pederasta y el asesino- son impúdicamente metódicos, pertrechando su clandestino cometido tras una cuidadosa cadena de civilazadas precauciones. Carentes de empatía, gustan de burlar el humor , el dolor y la querencia de los demás, haciendo del cinismo la guinda del pastel de sus intrigas. Y, sobre todo, ambos tratan de engarzar a contrapelo la voluntad del espectador, el primero mediante su ascendente sobre la pobre víctima encerrada; el segundo a través de sus ramalazos contestatarios, que disfrazan de desprendido idealismo su sorda megalomanía.

La perfección del mal resulta, cuando no subyugante, seductora. Tanto es así, que el espectador –de estas y otras tantas películas- se sorprende a menudo padeciendo cuando el azar amenaza con desbaratar los milimétricos planes del criminal protagonista. En eso se fundamenta Michael y contra ello se conforma la atrayente parafernalia zeta de Rampage. A todo el mundo le gusta que los planes salgan bien, ¿o no?

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