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el sol de las mañanas

07/02/2014

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Aseados y mondos, todos los cadáveres me reciben con la misma sonrisa. Todos excepto tú, que te dejaste los dientes en aquella curva sibilina, gran descalabro de tus noches de bohemio acomodado. Traías dos teñidas petacudas en el asiento trasero que transitaron, durante meses, los penosos correctivos de la rehabilitación. Menos afortunado, con las vertebras al borde de la quiebra y la osamenta dolorida, tuviste que agenciarte una piñata de lujo, capaz de mellar turrones y masticar albondiguillas. Te relumbraba la boca como un faro alejandrino, reclamo de flácidas madureces bingueras. Cambiaste la bohemia por el golferío batueco porque – dándole razón al psicoanálisis – la desdentada extinguió la vida en tus escrotos y no sabías dar más que someros chupetones y consuelos digitales. Viste perdido el amor para siempre y te fuiste a recoger entre números y bombos. De vez en cuando, salías a fumar bajo un cosmos sucio de semáforos y farolas, dabas cuatro pasos y te metías en ese salón de baile para granados decadentes, donde refrescabas los metales preciosos de tu quijada con algún combinado de piña. Te dejabas mecer por sinuosas melodías caribeñas, junto al cuenco de frutos secos, inmaculado, mientras un corro de panderos ordinarios danzaba ante tus ojos severamente miopes – la noche del topetazo tampoco llevabas las gafas -, hasta que un ardor gaseoso te abrasaba las fosas nasales y era preciso volver al bingo para enfrentar aquel friso de jetas repintadas, que se desparramaban sobre los cartones como un desquiciante circo de relojes blandos, cuyas agujas te asaeteaban hasta el alma. Porque tenías alma, de eso parecías estar seguro. Si un taxista te hablaba de Dios, tú solías resolverle los misterios. Si una paloma picoteaba entre tus pies, recordabas el diluvio, el olivo, la paz, el sol y la dicha. Nunca tirabas la basura dos veces en el mismo lugar hasta que, al menos, hubieran pasado dos meses. Tu alma no brillaba como tus molares y caninos de pega, se encogía como un fardo pesado entre tus cueros. Nadie sabía de ella, nadie la veía. Pero yo, que al salir del hospital, frecuentaba también ese garito, la intuía agazapada, en el fondo del pozo amargo y vidrioso de tus ojos derrotados por la ausencia de batallas. Seguramente te perdiste en algún sueño y el amanecer te descubrió frío y tieso en las holguras de tu cama. Y ya nadie se ocupó de restituir lo mejor de ti, las relucientes piezas con que mordías y mascabas. Llegaste a mis manos casi vacío. Ni rastro de tu alma. Ya mondo y aseado, eres la sensata excepción en este columbario de risas. Te miro un rato largo, cuando me desayuno cada día, a las diez de la mañana. No sé a dónde te mandarán. Mellado y romo, tu cráneo ya no sirve para el aula. Quizás te descoyunten, te despiecen, discriminen y repartan. Será como perder un amigo adusto y mudo al que jamás asistí, porque nunca me pidió nada de nada.

[Publicado en El Butano Popular el 7 de febrero de 2014]

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