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sorbos de selva en plena huida

31/01/2014

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El bosque se espesa, es selva crecida y sólo saldremos al sol con los pies por delante. Si supieras que nada bello puede vivir aquí, excepto tú, dejarías de hacerte (y hacerme) tantas preguntas. Vengo de una ciudad atravesada por nubes que se estrujan como esponjas, derramando en sucios chorros una tristeza de siglos. Una ciudad con palacios menestrales levantados por la anodina aristocracia del dinero, el humo y las sirenas. Esa plomiza pesadumbre cayó como una guillotina de lágrimas que fue reventando los intestinos subterráneos, y el quebranto emergió en violentos surtidores, desde las fondas cloacas, inundando los marmóreos tribunales con toda su curia dentro. Para entonces, yo ya había dejado lo poblado —como aquel poeta enfermo, enamorado, que miraba pasar los aviones desde el manso traqueteo del tranvía— y penetré en esta fronda enredada y confusa, en la que, en vez de lágrimas grimosas, llueven pájaros heridos con el pico envuelto en bolas de ceniza, y un cráneo agujereado de bisonte sirve de reclamo a las incendiadas ardillas. Cruzan estrechos jirones de fuego las alturas y púas vegetales acribillan los senderos, hiriendo el aire bajo para sellar la salida al viajero. Viatger, vingas d’on vingas, si tens lo cor honrat, flecta els genolls i prega com fill davant lo cap del pros Josep Moragues, lo vostre general. Tú crees en Dios al comer los macarrones y piensas, tal vez, en el infierno al expulsarlos de tu cuerpo. Yo podría haberlo hecho un poco al revés, pero Dios no existe y pienso en el infierno solamente, en tu garganta, tu boca y tus dientes, en tus dedos que se emparran en mi vida, de la que un vino amargo fluirá seguramente. Será una añada oscura, una cosecha reacia, impertinente, que habrá de envenenar la razón elemental de las cosas que aceptáis a diario. La selva es una llama que se enciende y no habrán cilicios suficientes para vuestras almas de inseguros penitentes. Pasan caballos que llevan en la grupa mi destierro. Adiós olmo del Duero, adiós seca esperanza de las gentes, la muerte se desliza lentamente y un hongo huraño crece entre las sierpes, tocando impune el cielo abovedado de la mente. Que calle el mar, que baile otro.

[Publicado en El Butano Popular el 31 de enero de 2014]

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