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temblor

23/01/2014

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Tú quieres que escriba, pero eso no va a librarme de la quema. Todo queda reducido a un surtido de ortopedias, flácidas extensiones sin músculo ni hueso. Pides que te cuente mi vida y lo cierto – no quieras verlo, saberlo, entenderlo – es que hace ya mucho que no vivo, que no cuento con un hoy, un ahora, un aquí, un tiempo nuevo y mío. Ni busco, ni encuentro paisanos, coetáneos, compañeros, amigos. Si la vida es un río, esto que me envuelve es un pozo, una boca de aguas frías, una falla, una hendidura en la que – por no quedar – no quedan ecos. ¿Escribir para qué, para quién? ¿Para ti, que abominas de lo que imagino, miro y pienso? ¿Para este terrario de amargas criaturas aterradas que se arrastran entre heces de usufructo? Pobres culebras. Sin puños ni pies, sólo pueden romper el espejo dándole un largo abrazo, sin consuelo, que les llena la corteza de cicatrices. Descolgarse desde los altos ramajes no es arrastrarse, pero supone dejarse caer como una lágrima lenta de carne que deforma la mirada y torna el mundo aún más convulso e inestable, una imagen que palpita en el tambor vibrante de tus ojos. La fe perdida y la liturgia echada a perder en una cuneta de la carretera de los odios. Renegada o conversa, apagaste todas mis velas en la sorda sinagoga de tu cuerpo y pretendes saber sin estar o estar sin saber, mala proeza. Ateo hasta de ti, ateo de tus ojos, veo llegar las antorchas azuzadas por el viento de estos tiempos que ni fueron, ni son, ni serán nunca míos. Llegarás un día con tu arpegio de sonrisas y de dudas, y será tan temprano como tarde. Arderé desnudo entre tinieblas y, aún así, temblaré de frío al consumirme.

[Publicado en El Butano Popular el 23 de enero de 2014]

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