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sin duda los dedos

16/01/2014

De latir

Anoche pasé algo más de hora y media con Romain Duris. Se tomó aquello muy en serio, le puso ganas. Me enseñó que el negocio de los bienes raíces es un nido de ratas y que cualquier hora es buena para sacarle a uno a palos de la cama. A los dos nos gusta Aline, desde luego –la portuguesa, no la que dibujó Christophe, que nos imaginamos casi siempre tirada en la playa, medio muerta-, y nos estimula pensar que hace recuento de nuestros pellizcos cuando se ducha. Le quedan muy bien los tejanos a Aline, sólo los mejora su sonrisa. Pero Romain, a esas alturas, ya era un hombre atormentado, de los que no pasearían nunca el perro, y se plantó frente al piano con la rabia del que la emprende a pedradas con su jardín zen, sin comprender que cada piedra hace más grande al adversario. Sacó un paraguas del asiento trasero de su coche y se detuvo a mirar un payaso estirado y sanguinario. No había pájaros nocturnos en el barrio y echamos a volar la imaginación. A él le sangraban las manos y a mí los oídos.

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