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la dernière pipe de Kayden

13/01/2014

Thanatomorphose

 

Cardenalicia y tumefacta, con los labios casi negros, toma la artista el sufrido camino de la putrefacción. Papá Buttgereit y mamá De Van la ven deshacerse desde el fondo del armario: su carne se llena de larvas y la casa de moscas, se arrastra la muerte por su cuerpo para echar luego a volar, en amargo zumbido funerario.

Es el cuerpo de Kayden un ocaso que se va oscureciendo, un barrizal de pulpa en descomposición del que se desprende lo sólido y se derrama lo líquido, para dar paso al imperio nauseabundo de lo gaseoso. Postrada ante un zángano meloso, se hace llenar la boca. Su cráneo sucio -de mugriento kamikaze- apresado entre dos manos, se balancea una y otra vez, sin brindar más calor que el de una fricción abrasiva. Y, sin embargo, el zángano desagua su  pálido sirope, que ella recoge entre los dientes sólo un instante, antes de que la náusea la obligue a verterlo sobre el parqué.

Ya nada vivo puede entrar en su cuerpo, salvo las larvas y sus propios dedos, que se desmenuzan en el acto de alcanzar esporádicas satisfacciones. Una rara lepra se la va llevando, dolor a dolor, hasta dejarla reducida a un papilla de huesos. Y estos ojos, que se han de comer los gusanos -si dos dedos brutales no lo remedian-, asisten, desmesurados, a esa ceremonia macabra e íntima llamada Thanatomorphose. Dios muere siempre en una radiografía.

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