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el mal de Amalio

30/12/2013

Marcelo

Amalio es tan desdichado que hasta lo parece. Padece una enfermedad minoritaria, rara y disidente que le impulsa a anhelar sin tapujos a las víctimas de los crímenes más atroces. Cuando ve  sus caras en la tele, la red o los diarios, un resorte oculto en su cerebro se pone en marcha y, a las pocas horas, le asalta el delirio feroz de poseerlas por la vía rápida. Sin solución de continuidad con el paradigma espacio-temporal consensuado y vigente, se apercibe de estar penetrando, a bulto, a esa peluquera apuñalada por el marido, a las bailarinas mutiladas por los traficantes de drogas, a la niña envenenada por sus parientes… Casi siempre son mujeres, de vez en cuando algún efebo a la moda… Amalio no ha cometido delito alguno, pero la sensación de violencia, profanación y estupro es tan vívida y placentera –eyacula y se extasía-, que jamás ha sido capaz de desgajar tales momentos del resto de su dócil existencia, y el malestar que sigue a cada experiencia es total y verdadero. De ahí su depresión crónica. Si nadie cometiera crímenes, su mal probablemente cesaría, pues muy rara vez se siente poseído por la misma efervescencia sensual después de asistir al mismo tipo de escenas representadas en las películas. Si la imagen de las víctimas no se hiciera pública, es de suponer que las alucinaciones tampoco aflorarían, aunque se haya dado el caso de que el pixelado del rostro de los menores generara desviadas fantasías polimórficas. Amalio es una víctima, no un verdugo. Tratemos todos de ayudarle.

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