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piel de plátano

19/12/2013

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¿Recuerdas cuando nos prohibieron comer pieles de plátano? ¿Cuando decían que los hilillos que se descolgaban al pelarlo eran una droga? Yo clavaba los incisivos en el borde interno de la peladura y tiraba de ella, dejando en mis manos sólo la cáscara amarilla. Esas tiras me secaban el paladar, daban sed y sembraban la duda. A veces, en lugar de morderla, cortaba la cáscara a pedazos y tenía la impresión de torturar un ser vivo, de estar renegando de la naturaleza. Mitigaba la culpa con un sentimiento utilitarista todavía más despreciable, arguyendo —para mí solo— que así aprovechaba mejor el espacio del cubo de la basura. Y, sin embargo, ahora me siento lo mismo que esas pieles tiradas en cualquier punto ciego de las aceras: un peligro público e incívico. Cuando intentas pisarme, resbalas y te desnucas. Yo no era feroz, pero saltaba como un tigre gigantesco, de un extremo a otro de la vida, mientras me arrullaba el espanto de los pájaros que abandonaban los bordes del calvero de una volada. Hay cabellos y caballos —pensaba, mucho antes de entretener la mirada en los manuales de francés—, y tiré de la cola de caballo de aquella mujer, cargada con dos bolsas del súper, que esperaba a que se extinguiera el rubor del semáforo de peatones. Tiré hacia abajo con la misma fuerza con que hacía descender la cadena de la cisterna de los bares que visitaba por primera vez. Chilló, me insultó, me persiguieron hasta acorralarme contra la puerta de un garaje y empecé a darme cabezazos contra la chapa ondulada. La pintura cuarteada por la humedad me manchó la frente y los cabellos, y a punto estuve de volver a romperme las gafas. Pudo más mi rabia que su furia, y pude volver a casa sin más daño que el que yo mismo me había infligido. Antes de que nos lloviera este cataclismo de insolentes loterías, ya era yo el niño que se toma el mundo como un rasca-rasca infinito. Me paseaba por él con una moneda en la mano con la que iba descascarillando el alma de las cosas: la carrocería de los coches, los buzones, las barandas, las paredes, las puertas… Había niñas que me pedían que borrara con el canto de ese duro los sedimentos apergaminados de sus calcomanías. Por más que rascase, debajo sólo afloraba un pedazo de piel irritada, rojiza. Debía de guardar en mí algunos resquicios del arcano hombre de las cavernas. Me temo que intentaba prender fuego a aquellos cuerpos, como quien frota y chasquea dos piedras para encender una brizna seca de hierba. Sus ojos se encendían, sí, y también sus bocas, que me bañaban en la saliva desbocada por sus exabruptos e improperios. Pero, al cabo de los días, volvían a pedirme que las despojara de sus falsos tatuajes, que se habían encargado de adherir en rincones inauditos de su cuerpo. Alguna, intuyéndome el genio pirómano, exigió que raspara dentro de la piscina, con el agua al cuello. Nadaba bien, era una pequeña sirena que dejó atrás una diminuta estela gris, los restos de un Balú despedazado. Mientras sus pies parecían pedalear, alejándose hacia el extremo opuesto de la piscina, sobre la sábana que servía de pantalla al proyector de cine al aire libre, Woody Allen trataba de agenciarse una revista verde. Luego se perdía en la selva, donde ya todo era verde, desde el suelo hasta los uniformes. Dentro de la bolsa de la merienda, mi plátano se había ennegrecido. Simulé deglutirlo, pero, en realidad, lo tiré detrás de los setos que delineaban una segunda valla, más baja, tras la verja que rodeaba el recinto. Al cabo de unos minutos ya era pasto de las hormigas. Mi amiga volvía a cruzar a nado el azul palidecido por el cloro, y el dueño del bar surtía de cervezas y naranjada a la clientela. Unos días después, lo vimos renqueando, apoyado en una muleta. Había resbalado mientras limpiaba de escorias la trasera de los setos. Alguien había tirado allí una piel de plátano. Aprovechó para poner espino en lo alto de la verja y prohibió para siempre la entrada de alimentos.

[Publicado en El Butano Popular el 19 de diciembre de 2013]

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