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los paraísos podridos

13/12/2013

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Se va quedando solo pelando una manzana que tiene la piel tan fina, tan fina, como este papel de fumar. La mondadura va descolgando un muelle blando sobre la blancura seca del plato y, a cada vuelta que le da a la fruta, los familiares, conocidos y amigos van abandonando el planeta de su cuarto. Es la monda y él lo sabe. Pero, una vez pelada, no tiene más remedio que engullir la manzana antes de que la oxidación la vuelva del color de la tez de los muertos. ¿Qué es su soledad comparada con el frío de los muertos? El cuarto se cierra de un volantazo. No hay llaves, porque, desde antes de los trece, se malacostumbró a tragarse las llaves de las puertas, los coches, los armarios… Empezó con ello en la ferretería de su tío. Mientras su prima se hacía un guante negro con un rollo de cinta aislante, él iba depositando las llaves de los candados, una por una, encima de su propia lengua. Sentía el rasgueo del metal dentado en la garganta y, cuando creía que ya le había bajado hasta el estómago, desparejaba otro cierre. Con el paso de los días y una docena de sentadas, su tío acabó por recuperar casi todos los llavines, que limpió, desinfectó y perfumó, sin advertir a ningún cliente sobre lo ocurrido. Ya no pudo volver a la ferretería, aunque su prima le traía alguna llave hurtada de vez en cuando. Ella parecía entender lo que ni él mismo se explicaba en sus cabales. Sugirió que, a lo mejor, quería ser faquir de clavos, bombillas y cuchillas, pero a él sólo le apetecían las llaves de abrir cerrojos, cajones, compartimentos y puertas. Se tragaba la de la portezuela del vehículo, pero no la del encendido. Nunca le interesaron las llaves de paso, las Allen, las inglesas… Un nutricionista privado insinuó que se trataba de una defensa biológica debido a un exceso de temperatura corporal que le obligaba a ingerir metal, de manera compulsiva, para transferirle el exceso de calor y expulsarlo a través de las consecuentes deposiciones. Pero las sucesivas pruebas analíticas demostraron que la temperatura sanguínea era la normal y no existían carencias de hierro. La anemia quedó, por tanto, descartada. En casa hubieron de prescindir de la mayoría de cerrojos, se utilizaban baldones y manijas. Le escondieron las pocas llaves restantes. Para entrar en el bloque y en el piso debía llamar al timbre y en su habitación colocaron un cierre de volante, como el de los camarotes de algunos barcos. Se había convertido en un pez estrambótico al que pocas veces le era permitido nadar fuera de la pecera de su dormitorio. Había tenido problemas en el instituto, en los comercios, las oficinas, las administraciones públicas… Cuando sus padres, los psiquiatras y los pedagogos habían arrojado la toalla, sobrevino el cambio. Quizá fue el libro que le había regalado su prima, quizá cualquier visita o contacto realizado a través de la red. Hizo un esfuerzo supremo para sobreponerse. Se pondría a dieta, no sólo dejaría de engullir llaves, también abandonaría la carne, los huevos, los lácteos… Hizo acopio de voluntad y prometió pasar los primeros tres meses ingiriendo una manzana al día. A ello ha dedicado toda su atención, hasta convertirse en un especialista en desvestir manzanas. Nadie le creyó al principio. Vino su prima, el primer día, a traerle la pieza – él se niega ahora a abandonar el cuarto para evitar cualquier sospecha de fraude – y, tras ella, se fueron sumando su hermano, sus padres, algunos vecinos… Hoy, último día del desafío, el cuarto estaba repleto de curiosos. Han comprobado su destreza en desnudar la fruta, pero nadie quiere ver cómo la muerde, la mastica, la traga. Sólo yo le observo, a través de la neblina del tabaco, tras el vidrio del ojo de buey que enmarca con un círculo su figura sentada a los pies del camastro. Da el primer mordisco y se detiene. Algo se mueve en el interior de un agujero negruzco. Es un gusano cuyo vértice ciego parece buscarle, suspendido en el vacío que ha dejado la porción arrancada de carne vegetal. Él lo mira con tristeza y deposita la pieza herida sobre el plato. En unos instantes empezarán a aflorar los efectos de la oxidación y todo será muerte sobre la mesilla. No va a ahorrarle esa agonía a su único, ínfimo acompañante. Si él mismo dejó en un punto de nadar, también él dejará en algún momento de colear y arrastrarse.

[Publicado en El Butano Popular el 13 de diciembre de 2013]

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